Por Carlos Chavarría

Si la política es el arte para gestionar y conducir el conflicto mediante la negociación, es más que evidente que estamos sumidos en una crisis, habida cuenta que desde el poder solo se atiende a la egolatría y la banalidad.

Lo que antes era materia de especulación y corrillos de prensa, algo así como la grilla de salón donde se cuchichean unos a otros los deslices y dislates de los demás, ahora sin ningún pudor, los “mejores hombres”, los dedicados en cuerpo y alma al servicio público, la clase política, se pelean en la calle, a la vista de todos, y al diablo con la gestión de los problemas reales.

Si lo que define a los políticos de vocación es su capacidad para despersonalizarse y negociar, hoy no son sino pugilistas vulgares que buscan la agresión como método, dándonos una muestra de que nuestro modelo de gobierno ya se agotó en lo superfluo de sus vindicaciones personales.

La única forma para entender lo que nos pasa como nación es aceptar que todo el ejercicio del poder es faccioso y esas facciones están en pugna total.

Desde la posición presidencial, se organizan las pandillas y sus huestes, siguen los gobernadores, sin importar el color, y luego los interescuadras de cada facción, que incluyen alcaldes y diputados y todos los satélites que giran en alguna órbita buscando sus migajas de poder.

La identificación imaginaria entre líder y masas, en busca de modelos vencedores, sustituye la representación de los electores por parte de los elegidos; la identidad entre gobernantes y gobernados se encuentra cada vez más degradada.

Política es el arte de realizar (en el sentido de hacer realidad) lo posible para el Bien de la Comunidad. Una primera pregunta que viene a la mente es: ¿qué tan difícil es llegar a acuerdos? Pero sobre todo, ¿quién o cómo se define o determina lo que constituye el Bien de la Comunidad?

La política es una actividad exclusivamente humana que, entre otras cosas, se propone generar o construir un espacio común o también llamado espacio público, en el que podamos encontrarnos y coexistir con otros hombres capaces de cobrar conciencia en el discurso, de que el mundo es un espacio que se comparte.

En este espacio, cada uno de nosotros podemos compararnos con los otros, interactuar y también intercambiar nuestros bienes, lo que necesitamos y deseamos porque carecemos de ello. Para lograr esto, es indispensable que existan límites claros y normas de comportamiento que nos ubiquen y sean respetadas (para no transgredir y ser transgredidos), para protegernos a todos y permitir el libre desarrollo de nuestras actividades.

La vida de una sociedad democrática asume que existe pluralidad de intereses e ideologías, por lo que es indispensable la práctica de la tolerancia y respeto a las diferencias. La tolerancia debe ser un respeto recíproco, es indispensable si tenemos la intención de lograr un entendimiento y reconocernos como iguales en derechos en una República democrática

Perdida la habilidad deliberativa para y por el bien común de sus representados, la democracia representativa no es más que un lastre para el autoritarismo que se asoma a todos los niveles y el desquiciamiento  de la vida social que solo busca la obsecuencia de todo lo humano. ¿Eso queremos?.

Ni México ni Nuevo León merecen eso. Ya es tiempo que nuestros políticos busquen un buen componedor, un mediador entre diferentes, para alcanzar algún acuerdo posible en beneficio de todos.