Por Carlos Chavarria

Por supuesto que la ministra de la Suprema Corte, que copió su tesis de licenciatura en derecho, no tiene nada de que avergonzarse, porque en el mundo que estamos viviendo, con una moral tan flexible, la mediocridad lo que menos inspira a los actores del momento es eso, vergüenza.

En estos tiempos, la mediocridad crea “influenciadores” de la opinión pública y de la acción colectiva y a nadie parece importarle creer en mentiras y sofismas, argumentos falsos, en la vulgaridad como estandarte, y en toda una serie de absurdos que solo a los mediocres les puede parecer divertido y hasta defendible.

Caray que mejor imagen para un sistema de justicia como el nuestro, debilitado y tan diletante, que tener a la mediocridad como asociada, acaso porque así podrán decidir entre “iguales” todos esos adustos que se dicen profesionales del derecho que al final todo lo patean para más adelante.

Excelente aliado para un sistema de gobierno agotado ante la abundancia de problemas no resueltos, el poder contar con los modestos esfuerzos de la mediocridad para excusar su falta de resultados. ¡Pero son hermanos muy leales!.

La mediocridad siempre está al acecho de los espacios y vacíos que se crean en toda organización, cuando se abandona el esfuerzo por el pensamiento crítico, que es además bastante enfadoso, sobre todo por que presiona por aquello que debe hacerse y ser correcto, y eso es muy trabajoso.

Los mediocres poco a poco se van haciendo con el poder y van desarrollando técnicas muy sofisticadas para mimetizarse con sus aires de formalidad y solemnidad, que los hacen parecer un especie que hasta se da el lujo de plantear conjeturas sesudas pero sin fondo, y postulados casi axiomáticos que suenan como verdades instantáneas para sus cándidos interlocutores.

No tiene importancia si se cae una línea de metro por causa de algún ingeniero o administrador mediocre, tampoco si mueren 700,000 mexicanos por los criterios de manejo diseñados por médicos mediocres, menos importara que el crimen se haga con el control del país ante la evasión de responsabilidades de mediocres agentes de la ley y el orden.

Casi todos los mediocres padecen de un narcisismo muy profundo que los hace aspirar al respeto de la sociedad a pesar de saber de su propia mediocridad y del daño que causan, lo que raya por sí mismo en la perversidad, pues no les importan los resultados y consecuencias de sus actos y decisiones.

Aunque los mediocres surgen por generación espontánea, algo traen en sus genes que los impulsa para lograr grandes conquistas académicas, se apoyan en el sistema educativo y sus deformaciones de origen, que prohíjan la sobrepoblación de imberbes, más de los que cualquier sociedad puede aguantar.

Si la Ley General de Profesiones se aplicara a cabalidad, toda esa plaga de doctorados patito, licenciaturas sin sentido, diplomados y certificados cubre paredes podría frenarse y aunque sea paliar el asunto, pero también las malas prácticas insertadas dentro del sistema, están dirigidas por mediocres que se hacen de la vista gorda y hasta son participes de auto homenajes otorgados por colegios de profesionales constituidos a modo de los mediocres.

Para qué partirse el alma estudiando de verdad y someterse al severo juicio de pares, si en nuestro país son los mediocres los que siempre se salen con la suya debido a su densidad población, en una sociedad cada vez mas enajenada, que premia más los chistes, el “tik tok” y el deporte, que la sabiduría. Claro hasta que debes estar en una sala de cirugía como paciente, o mirar con tristeza que tu casa se esta cuarteando, y nada hay que puedas hacer para sanar o reparar los daños.

El mediocre siempre encuentra la manera de desprestigiar el esfuerzo de cualquiera encontrando el adjetivo que lo degrade. Por ejemplo, aspirar a ser mejor ahora es un pecado social gracias a la mediocridad convertida en valor.

¡Pero son leales y eso es lo que importa!. De verdad importa la lealtad que pueda aparentar alguien mediocre y que por lo tanto debe simularlo todo?. Un mediocre no puede darse el lujo de tener y respetar valor alguno, por lo tanto nunca será importante para él la lealtad o la fidelidad por más lisonjero y apersonado que parezca.

El Ex Presidente Díaz Ordaz se lamentaba de su pésima decisión de apoyar a Luis Echeverría excusándose : “… ¿pero cómo podía imaginarme, si Luisito siempre estaba ahí, presto a resolverlo todo?”. Demasiado tarde su excusa para la mala y mediocre practica del “dedo” en la política mexicana que parece estarse reviviendo muy fortalecida en nuestros tiempos.

Que pesado lastre hemos tenido que cargar por haber tolerado y hasta premiado la mediocridad. Estamos arando -interpelo la mosca al burro- cuando este le pregunto al buey sobre su suerte. El buey volteo a ver al bastante cómodo insecto posado en sus cuernos y solo contesto: ”¿Estamos?”.