Por Francisco Villarreal

Soy lo bastante simple como para releer una comedia latina clásica y volver a reírme. Durante siglos no hemos avanzado mucho en gags cómicos, siguen siendo básicamente los mismos. Recién me divertía como chamaco releyendo Miles Gloriosus (El soldado fanfarrón), de Plauto. Lo hubiera disfrutado más si lo hubiera leído en latín; hasta en las malas traducciones se trasluce que don Plauto gustaba de greguerías lingüísticas, y quién sabe qué travesuras hizo al incluir nombres griegos en su comedia. Nada más el nombre del protagonista, Pirgopolínices, degrada cualquier mérito militar. Pero para entender el latín romano no hay traductor vivo, habría qué ser romano latino in situ.

Interesante cómo el arte y el vulgo han tratado a la milicia a través de los tiempos. Los llevan por la avenida del heroísmo pero tarde o temprano cruzan por callejón del ridículo. Ni el “glorioso” Napoleón se ha salvado después de tomarse la “foto” rascándose la panza. No sé si en Francia siga vigente una vieja ley que prohibía bautizar a un cerdo con el nombre de Napoleón. Y si había la ley, había el delito. En México, por ejemplo, ni el feroz Pancho Villa se salvó de transitar de Centauro del Norte a un mitómano Agallón Mafafas de a pie. Y nosotros transitamos con bastante tranquilidad en esa percepción, incluso después de la masacre de Tlatelolco. Al menos hasta la aparición del movimiento zapatista y su singular “Feliz Año Nuevo”. Pero desde los reacomodos políticos postrevolucionarios, no tuvimos una guerra generalizada en casa. ¡Hasta que llegó Caderón y militarizó al país!

Sin comprender entonces que el remedio era la enfermedad, nos sentíamos a salvo. Salvo excepciones, que poco faltó para que fueran la regla, confiábamos en que los militares estaban protegiéndonos. Con poca noción de lo que es una guerra, lamentábamos pero aceptábamos las bajas colaterales, es decir, las víctimas inocentes. Por supuesto, no podíamos imaginar que desde la comandancia suprema, un civil investido como líder militar, usara al ejército no para enfrentar a un enemigo sino para favorecer, deliberada o involuntariamente, a un bando criminal y jodernos a todos. Veíamos soldados por todas partes y nos sentíamos inquietos pero seguros.

Recientemente, con el tema de la Guardia Nacional, se elevaron clamores contra una presunta militarización del país. De alguna manera lo es, por el perfil mismo de esa institución. Aunque se supone que es una especie de policía federal de alto impacto con énfasis en la seguridad pública. La dependencia respecto al ejército no es agradable pero se comprende. No es que la gente no confíe en policías federales, es que la gente no confía en los mandos. La vox populi, siempre indiscreta pero bastante acertada, supone contubernios entre fuerzas policiacas de todo nivel y grupos criminales no siempre de “cuello sucio”. Aunque hay excepciones terribles y fatales, en general la gente confía en los militares. Los gobiernos estatales incluso reclaman el apoyo militar o el casi militar de la Guardia Nacional para enfrentar a la delincuencia. Sin embargo, se sigue reaccionando contra la militarización, básicamente desde posiciones políticas. Es decir, contra esta militarización, no contra las de anteriores gobiernos. Lo que pone un ladrillo más a esta torre de Babel en la han convertido la información.

No somos bobos para no entender que las protestas contra la supuesta militarización del Metro de CDMX tienen dedicatoria para descarrilar la carrera política de la jefa de gobierno, Claudia Sheinbaum. Comprendo que en la carrera electoral se trate de bloquear al posible contrincante. La miope oposición actual a la 4T sólo alcanza a ver uno: doña Claudia. Ella misma tiene todo el derecho de desplegar sus propias campañas contra sus posibles oponentes. No lo ha hecho aún, supongo que porque la mayoría de los autoproclamados presidenciables de la oposición son bastante ridículos. Ruego a San Juditas para que al final elijan un candidato digno, que deberá ser civil sin partido, porque entre la militancia conjunta de la oposición hay puros cartuchos quemados, cenizas, polvos de aquellos lodos de los mismos pantanos.

¿Militarizar el Metro de CDMX? A ver… Ese trasporte, el más complejo y populoso del país, subyugado por un sindicato priista con un líder ad vitam, no está en ruinas pero ahí la lleva. No tanto como el muy simbólico y escénico Metro de Monterrey, pero sí, necesita inversión y mantenimiento. Cada falla es un aviso. Que de pronto aparezcan a fallas consecutivas y situaciones de inseguridad es sospechoso por improbable, más si coinciden con la intensificación de la carrera preelectoral de la morena de Morena hacia la presidencia. Hay que ser muy tonto para creer que todo es casual. Ahora que, si bien hay seguridad asignada al Metro CDMX, los incidentes demuestran que es insuficiente. ¿Es absurdo solicitar la presencia de la Guardia Nacional? No. Peligroso sí es, como sería cualquier control policiaco excepcional hasta en la fila de las tortillas. El riesgo de los excesos existe hasta en las policías municipales. ¿Se justifica la presencia de fuerzas federales? Pues, estamos hablando de la seguridad de millones, sí, millones de pasajeros que usan diariamente ese transporte en 12 líneas y pululan en 195 estaciones. ¿Excesivo reforzar la seguridad? Con esa cantidad de pasajeros diarios se justificaría hasta la presencia de los “cascos azules” de la ONU. El riesgo estaba ahí antes de la llegada de la GN y su presencia podrá reducir pero no eliminar el riesgo si este es inducido deliberadamente.

La pasada marcha por la muerte de una joven, la marcha por la “Movilidad sin miedo”, fue justa. Fue claro quiénes se manifestaron por esa razón: camisetas blancas y girasoles. Pero ¿y las encapuchadas desarmadas y encapsuladas durante la marcha? Todos sabemos a qué va esa gente a las marchas. ¿Y los “chalecos amarillos”? Desde hace cerca de tres años el verdadero movimiento internacional Chalecos Amarillos, se deslindó de la marca. ¿La diferencia? “Gilets jaunes” es un movimiento en pro de los derechos laborales; los “chalecos amarillos” mexicanos se especializan en protestar contra el régimen, es decir estos chalecos tienen mangas políticas muy anchas. Aun así, una cosa es la solidaridad y otra el oportunismo. Pero donde no se midieron fue al arrojar bombas molotov contra el Palacio Nacional. Más que protesta eso parece nostalgia por el incendio del Reichstag en 1933. Tan faltos de imaginación que hasta le copian el truco a Hitler y sus compinches. ¿Quiénes fueron? Los de siempre, los y las encapuchadas (os) que no faltan en toda marcha, tan inevitables como las moscas en los estercoleros, termitas de la libertad de expresión. Es decir, terrorismo nacional en chanclas, punible pero impune.

Entonces, ¿qué tal si sacamos a la Guardia Nacional del Metro de CDMX? En su lugar dejamos el personal de seguridad de costumbre, el que no ha bastado para impedir incidentes y prevenir accidentes. Es decir, puros Pirgopolínices, casi como el “militar fanfarrón” de Plauto, ostentosos pero inútiles e insuficientes. Porque es fácil marchar exigiendo seguridad con gritos, consignas, bombas y martillos, pero un tanto “confuso” si se rechaza cualquier estrategia, la que sea, comprometiendo con violencia la seguridad de los mismos manifestantes. Y esto apenas empieza, los “war rooms” deben estar a todo vapor preparándose para irrumpir en las manifestaciones por el Día Internacional de la Mujer. ¡Pa’l baile vamos!