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Por Francisco Tijerina Elguezabal

No se puede cambiar el curso de la historia a base de cambiar los retratos colgados en la pared. Sri Pandit Jawaharlal Nehru

Pongámonos serios e intentemos poner freno a una de las prácticas que más daño han hecho a la política en los últimos tiempos: el cambiarse de partido.

Fueron primero los líderes, dirigentes o aspirantes a serlo, los que empezaron con la chiflazón de al no conseguir su propósito de mangonear al resto, irse por la puerta de atrás, como las “chachas” y sin decir adiós, para cambiarse de uniforme y si no se podía para fundar un nuevo partido.

Al abrirse nuevas instituciones hubo quienes aprovecharon para también poner sus filiales escondidas, más con el propósito de neutralizar a los enemigos, que de ganar elecciones, lo que siguió incrementando las posibilidades.

Con ese abanico llegaron grandes y también chicos al poder y la suma de sus votos daba fuerza y poder, por lo que sus líderes se percataron que era una excelente moneda de cambio para enriquecerse, porque no había que ganar elecciones, simplemente mantenerse.

Un día, el aspirante a una candidatura frustrado vio cómo le negaban la candidatura y emberrinchado renunció públicamente al partido y se fue a buscar otro en donde le dieran no sólo cobijo, sino lo que en realidad quería y no batalló en encontrarlo.

Pues bien, ya va siendo hora de detener la inercia y frenar la corrupción y podredumbre que genera esta mala práctica.

Es tiempo de que en aras de devolver la confianza ciudadana en los partidos y la política, nos pongamos serios, implementando mecanismos que hagan pensar dos veces en cambiar de color a los involucrados.

¿Qué un diputado, regidor, alcalde o gobernador, incluso presidente, quiere cambiar de partido a mitad del periodo que está en funciones? ¡Con todo gusto señor! Pero esa decisión lo costará el quedar catalogado como diputado o regidor sin partido, perdiendo privilegios por el resto de su mandato, así como también una inhabilitación para ocupar algún cargo público o cambiar de instituto político por un periodo similar al que fue electo.

Alegarán que se atenta contra sus derechos individuales, pero, ¿y el derecho de los ciudadanos de tener políticos, candidatos y servidores públicos con coherencia y valores sólidos? ¿Qué pasa con el voto de un individuo que cruzó la boleta por un color y estatuto por encima de los nombres? ¿Quién le respeta, quién lo hace valer?

Es hora de que endurezcan las reglas y terminen con el negocito de andar abriendo partidos políticos como si fuesen clubes de amigos, porque lo que se gastan es dinero real de los ciudadanos. Limitar el número de posibilidades en este caso, lejos de atentar contra la democracia, la revalora y ubica en un plano de verdad y seriedad, valores que desde hace mucho tiempo se perdieron en la política mexicana.

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// Francisco Tijerina

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Autor: stafflostubos
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