Por María Beasain
En la política regia, la lealtad tiene precio de metro cuadrado de asfalto. Resulta que la “operación regaño” que Luisa María Alcalde pretendía ejecutar terminó en un ridículo silencio digital. Los diputados locales de Morena en Nuevo León, con el instinto de supervivencia más afilado que nunca, celebraron que el zoom de las 10 de la mañana se esfumara sin dejar rastro. Se salvaron de la reprimenda, pero no de la realidad: su jefa nacional los quiere entregar, atados de manos, a los intereses de la vieja política del PRIAN.
La trama es digna de una serie de intriga barata. El diputado federal Arturo Ávila, quien goza de los afectos privilegiados de la dirigente Luisa María, parece haber confundido su rol de legislador con el de gestor de negocios. Su cercanía con el priista Francisco Paco Cienfuegos y el alcalde de Monterrey, Adrián de la Garza, ha generado un tufo a “negocio compartido” que ya nadie puede ignorar.
La orden desde la Ciudad de México es clara: hay que pactar con el PRIAN a cualquier costo. Pero los diputados morenistas no son tan ingenuos, saben que Arturo Ávila actúa como el “Celestino” de una unión contra natura que solo beneficia las cuentas bancarias de sus socios y el ego de Luisa María.
Por si el romance legislativo fuera poco, el PRIAN ha puesto sobre la mesa un pliego de condiciones que raya en cinismo y chantaje. Exigen puntos innegociables para Morena:
Una Reforma Judicial para blindar a sus incondicionales.
Una Reforma Electoral diseñada en sus laboratorios de poder.
Una Ley de Transparencia que, de tan opaca e inconstitucional, da risa.
Y el gran golpe: cambiar la fórmula de participaciones federales para que el dinero fluya solo hacia los municipios más ricos, los de ellos, por supuesto: San Pedro, San Nicolás, Monterrey, Santiago.
Votar esto sería, para cualquier morenista con dos dedos de frente, un boleto directo al olvido electoral. Es un suicidio asistido por el que no recibirían ni las gracias.
Pero lo que realmente quebró la disciplina partidista no fue la ideología, sino el bolsillo. Los diputados aplicaron su propia versión del lema zapatista: no van a soltar el “chuchuluco” (esos 200 dulces mensuales) solo para que los alcaldes de su partido tengan presupuesto. Saben que, si ceden ante el PRIAN, se quedan sin recursos y sin futuro.
Mientras el zoom de la dirigente nacional se queda en “conectando…”, la bancada de Morena en Nuevo León ya se desconectó de la obediencia ciega. Prefieren ser rebeldes con presupuesto que soldados obedientes en la banca de los desempleados. Que alguien le avise a Luisa María Alcalde que, en el norte, el cemento de sus socios no pega con la saliva de sus discursos. Parece que se esfumó el presunto negocio de Arturo Ávila, Adrián de la Garza y Luisa María.



