Por Félix Cortés Camarillo
Aunque nos resistamos a creerlo, existe una manera mexicana de gobierno. Sea el que sea el blasón del encargado de repartir bienes y males, el patrón se repite invariablemente. Se le ha tratado de bautizar de diferente manera: que si la izquierda dentro de la Constitución, que si arriba y adelante o cualquier otro slogan sugerido por el publicista de cabecera. El más cercano resulta ser el el oxymorón que reza centralismo democrático.
Con la bandera de un capitalismo apenas salpicado de social democracia se impulsó un desarrollo económico a partir de la posguerra firmemente ordenado, y regulado desde la presidencia de la República, sin asomo de una federación real de “estados libres y soberanos” como ostentan en su placa de circulación los departamentos de esta dictadura a la que que no le gusta decir su nombre.
Para ello se requirió, y oportunamente se instrumentó, un aparato administrativo que sirvió setenta años, el Partido Nacional Revolucionario de diferentes nombres, circunnavegado de otras entidades que daban soporte escénico a la supuesta democracia. El país siguió una estructura que se ganó el título de dictadura perfecta: no se mueve la hoja de un árbol sin la voluntad del Señor.
Lo cual siguió siendo cierto incluso cuando llegó algún torpedo lejano a la línea de flotación: la ilusa democracia se ratificaba en sus derrotas. De esa manera el señor Ernesto Ruffo Appel pudo ser el primer gobernador de un estado, Baja California, procedente de un partido de “oposición”. Aún dándole vida artificial al sistema, el hecho marcó un inicio a la debacle del centralismo.
No obstante, ha tenido que venir la llamada transformación de López Obrador para que el poder se le comience a escurrir entre los dedos a su sucesora, la señora presidente con A de mujer.
Precisamente en Baja California ha reventado más de una pústula: precisamente Ernesto Ruffo ha sido arrestado por supuesto huachicol y crimen organizado.
Y precisamente la gobernadora morenista del estado, Marina del Pilar Ávila no ha sabido asimilar la conseja popular de que calladita se ve más bonita, y un día sí y otro también hace declaraciones para contradecir las grabaciones testimoniales de sus conversaciones, por lo menos imprudentes, que ha mantenido con supuestas autoridades de los Estados Unidos ofreciéndoles información de índole confidencial relacionada con la seguridad.
En estos días en que la palabra que rifa en Palacio es Soberanía Nacional.
Pero no es solamente Marina pone de cabeza al sistema. Su propia jefa, la señora Scheinbaum, se empeña en defender lo indefendible de una mujer que -para recuperar la visa que para entrar a los Estados Unidos le cancelaron por vaya usted a saber por qué razones- estaría dispuesta a viajar hasta Panamá para un encuentro digno de James Bond.
¿Por qué la defensa a ultranza de doña Marina por parte de la presidente? Por la sencilla razón de que en Palacio Nacional le traen ganas desde hace rato a la gobernadora de Chihuahua, la panista Maru Campos Galván, a quien acusan en el centro de permitir que la agentes extranjeros hayan profanado con su planta nuestro suelo. Doble rasero para el mismo pecado.
Por si esto fura poco, oliendo a leña de otro hogar, Samuel García, el gobernador emcista de Nuevo León se le anda desbalagando del rebaño a doña Claudia, pretendiendo todavía poner a su esposa, doña Mariana en la silla que debe dejar dentro de poco más de un año. Cuantimás, agarrado del chongo con el Congreso local, que tiene suficientes razones para desbancarlo. Y pueque mandarlo al bote.
Son de añorarse los tiempos de la dictadura perfecta, que diga del centralismo democrático: alguien ponía orden. Por lo menos no eran tan ridículos sus argumentos, querellas, denuncias y triquiñuelas. Como somos pequeño burgueses, sabemos que la ropa sucia se lava en casa.
PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO, PORQUE NO DEJAN ENTRAR SIN TAPABOCAS: Aficionado a la historia reciente de Europa, y cercano a ella por varias razones, se me eriza la piel cuando en alguna disposición u orden de gobierno en cualquier parte se siente el tufillo del racismo genético; la mera insinuación de “crear” un ser superior hace que se me encuere el chino.
El secretario de Guerra de los Estados Unidos, Pete Hegseth acaba de ordenar un programa de exámenes obligatorios para todos sus soldados mayores de 30 años. Dentro de sus revisiones médicas habituales les medirán el nivel de testosterona. Se trata, como todo el mundo sabe, de la principal hormona sexual masculina.
El que tenga baja la testosterona, va pa fuera.
Ya antes el secretario Hegseth había iniciado una purga en las tropas sacando a los panzones y barbudos, aunque esto último no rime.
Ahora resulta que los de baja testosterona no serán aptos para el combate.
Por temporada, aquí les dirían que se les sube la ribilubina; en un estadio con público mexicano les gritarían “putos” y la defensa nacional de Estados Unidos estaría satisfecha.



