Por Eloy Garza González.

Acaba de reeditarse un libro que explica la historia del teatro en Nuevo León: Pioneros del teatro universitario 1858-1958, del conocido director de teatro Luis Martín Garza. Desde la apertura del Colegio Civil en 1858, hasta su centenario, el libro de Luis describe las sinuosidades del teatro de ese Estado, tanto del universitario como del independiente.

Dos años antes de la apertura del Colegio Civil, en 1857, se inaugura el Teatro del Progreso, y ambas instituciones fundan la ciudad letrada: el Monterrey cultural, el Monterrey de las Bellas Artes. Participan en este florecimiento los estudiantes aficionados, las parroquias, las agrupaciones sociales. Y se montan obras en verso, con predominio de la escuela española; destacan actores adiestrados en la declamación, en los dramas de Echegaray, de Benavente, pero también a principios del siglo XX sobresale la formación de dramaturgos locales, y de escritores nuevoleoneses de primera línea, que se filtran al género teatral: Alfonso Reyes, Carlos Barrera, Nemesio García Naranjo.

Leí este libro de Luis Martín, comparándolo con las crónicas de la ciudad de Puebla que abarcan el mismo periodo, escritas por el gran crítico teatral Armando de Maria y Campos (no de María, de Maria; se pronuncia así, por una coquetería snob de don Armando). Sin duda, Puebla y Monterrey iban parejeando en calidad, hasta que la capital de Nuevo León dio el estirón en los años cincuenta, del siglo XX, con montajes de obras traídas casi en paralelo con el off-Broadway. Luego despegó definitivamente con los montajes del teatro del absurdo: Ionesco, Beckett, y demás.

Luis Martín divide su investigación en capítulos breves, enunciando diversas figuras de las tablas locales, levantando acta de espacios escénicos y en cortes históricos definitivos, como el arranque de la Escuela de Verano, el rectorado de Raúl Rangel Frías (a quien el autor le guarda especial estima), el activismo de Guillermo Zetina, Julián Guajardo, Anastacio Villegas, la conversión del Grupo Renovación en Teatro Experimental Universitario, el Teatro de la República, la representación de espectáculos populares en espacios abiertos, que le otorga a Nuevo León un carácter cosmopolita.

Hasta llegar a lo que para mí es la cima de esta historia local, es decir, el arribo a Monterrey en 1956 de Lola Bravo, actriz, directora de teatro, maestra, alumna destacada de Seki Sano. Una personalidad arrolladora.

Cuentan que el montaje de Bravo de Hoy invita la güera, de Federico S. Inclán, fue un acontecimiento inolvidable en el Monterrey de aquella época. Luis Martin le pide a Lola Bravo asistir como oyente a sus clases en la Escuela de Teatro, fundada en 1956 y nace ahí la vocación del teatrista que ahora los nuevoleoneses le reconocen: debuta como fundador del Teatro Experimental de la preparatoria Uno, justo hace 60 años; queda como hipnotizado en las clases de Lola Bravo, porque ahí se veía el teatro con profundo respeto, como una vocación sagrada.

Luis Martín ostenta la voluntad tenaz por hacer teatro; lo define su sensibilidad encauzada por su técnica. Bécquer decía: “cuando siento, no escribo”. Luis le responde: “cuando siento, dirijo; si no siento, no dirijo”. Por eso, es el último romántico en esta época desolada cuando se escriben libretos en cuatro días, se ensayan en tres, y duran dos en cartelera.

Luis, en cambio, es de esos talentos que se dejan llevar a la cama por las musas, que enuncia su apetito de misterio, que cultiva la persistencia y la necedad, inmarcesible. Vale la pena leer su libro historiográfico, publicado en sus dos ediciones por la Universidad Autónoma de Nuevo León.

eloygarza1969@gmail.com

@eloygarza

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