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La asincronía e incoherencia de AMLO

Por Carlos Chavarría.

Desde que tomó posesión como nuevo presidente de México, López Obrador se lanzó como si fuera su cierre de campaña en una nueva andanada de anuncios, leyes, obras y programas, todo con un gran sesgo por la improvisación, pues ni siquiera había plan de gobierno.

Tuvo y tiene tanto apuro por acabar con el aeropuerto de la Ciudad de México y empezar el de Santa Lucía que no le importó al mismo tiempo destruir una gran cantidad de capital sólo para cumplir una promesa mal formulada ante un electorado que en su gran mayoría ni aviones usará en toda su vida. No tomó en consideración las opiniones ni la visión de los inversionistas del mundo.

Aceleró la lucha contra el robo de combustible y casi deja al país sin el carburante. Pasó por encima de leyes, y a sabiendas de que requiere al capital privado, canceló de facto la reforma energética y poco le importó mostrar su abominación hacia las fuentes financieras convencionales.

Incentivó a las caravanas de migrantes para que apurasen su paso hacia los EEUU y se le olvidó que debía primero preguntarle al gobierno americano su punto de vista al respecto.

Su discurso se inclinó con fuerza hacia la izquierda y en cuanta oportunidad tuvo abjuró de lo que él llama el “neoliberalismo”, definición en la que encaja cualquier iniciativa privada que no se someta a la visión del desarrollo compartido que se abandonó desde el Siglo XX y que el nuevo presidente persigue con terquedad.

Debilitó, si no es que abandonó la reforma educativa y les devuelve su peso específico a las corrientes más radicales del sindicalismo en el ramo. Empezó su visión de la masificación de la educación universitaria y todo gira alrededor de sus “iniciativas por el bienestar” que no son sino una calca de las misiones sociales chavistas y de Kirchner en Argentina.

La lista de anuncios se agigantó cada día a medida que surgían criticas o algún problema que no se aplaca con la reiterada explicación de la poca concordancia con “sus datos”.

De manera oficiosa alguien le recomendó atacar a los medios de comunicación y los creadores de opinión hasta de su propia casa y así emparejo el terreno que había ganado de credibilidad que algunos ya le concedían.

Todo se ha hecho sin ritmo y sin considerar los costos asociados a cada anuncio. Reduce el aparato de gobierno para regalar el dinero “sobrante” en sus tarjetas de bienestar, pero igual ahorca los servicios que presta el gobierno a los mismos sectores que cree beneficiar con sus migajas, como es el caso del sector salud.

Ahora los costos y efectos se hacen sentir y vuelve a evidenciarse la ausencia total de sincronía entre discurso y posibilidades reales de cumplimiento, como entre la distribución de costos y beneficios.

Habla, cautivando a los pobres, de invertir en América Central para mitigar la migración hacia el norte, pero al mismo tiempo firma un contrato de tiempo completo como policía fronterizo de los EEUU.

Envía a los EEUU a un equipo bisoño y cacahuatero a negociar lo que ya está más que claro: si no se hace lo que quiera Trump no habrá nuevo TLC.

Firma compromisos con los empresarios y estos a su vez aseguran que invertirán un mundo de dinero si tan solo López Obrador define con claridad qué pueden esperar, pero el presidente continúa sin hacerlo.

Ante la ola de violencia delincuencial, festeja la incompetencia de la gobernadora de la Ciudad de México y quiere convertir todo en un asunto político sin importar los muertos.

En todas las fuentes de análisis económico se habla de una muy cercana recesión de la economía mundial y López Obrador anda desatado como si tuviera recursos y créditos para desperdiciarlos.

El presidente no quiere darse cuenta de que se le está haciendo bolas el engrudo y la explosión de los problemas reales agotará el bono democrático antes de que logre consolidar su plan de caudillaje para el 2021.

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Autor: lostubos
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