Por Eloy Garza González

@eloygarza

Aunque se enojen las buenas conciencias, y casi toda la opinión pública, debo decir que la crisis humanitaria pregonada últimamente no está en las fronteras sureñas de México. Está en el corazón del Triángulo de Centroamérica (Guatemala, El Salvador y Honduras), es decir, en cada país de origen de donde salen oleadas de migrantes cruzando México y pretendiendo saltar al otro lado del Río Bravo.

Pensar en México como “tercer país seguro” es una patraña, es no decir las cosas por su nombre; es una hipocresía. Lo que debemos hacer (pese a quien le pese), es controlar mejor nuestras fronteras occidentales en el Suchiate. Y acuartelar allá a más efectivos de la Guardia Nacional. Así como se lee: no abramos más las puertas al migrante ilegal. Les hacemos un daño irreparable. Van de la miseria en pos de un espejismo, de sus poblados fantasmas a la vana ilusión de prosperar. Es un sueño que salvo honrosas excepciones, linda con la muerte, o con la violencia más atroz.

La migración de centroamericanos es un negocio redondo sólo para unos cuantos vivales, es una fuente de ganancias millonarias relativamente fácil de operar por los polleros, los coyotes (los únicos que ganan en este lío de trasvase). Se trata del tráfico comercial de seres humanos con altos dividendos para una mafia, para una caterva de bandidos a quienes no les importa poner en riesgo la vida de los niños.

La fotografía del padre de familia ahogado, en compañía de su hija, metidos en una camiseta, es un fuetazo en la cara de los bienintencionados. Muéstrenle la foto a quienes proclaman que México debe abrir sus fronteras de par en par al ilegal, para que sigan haciéndose más ricos los traficantes de personas, que son un cártel, el crimen organizado con todas sus letras. Añadamos a esto, la trata de blancas, los abusos sexuales, las enfermedades, el dolor de tener la mitad de la familia en el terruño, y la otra mitad en una travesía de terror.

Que se sepa de una buena vez: la culpa de este tráfico de personas es de los gobernantes centroamericanos, tan desvergonzados ellos, que por corrupción, por venalidad, han dejado a la deriva a su gente. Que cada mandatario ayude a su pueblo, porque no basta con que le den a sus migrantes una patada en el trasero, como si fueran ganado, importándolos a otras tierras sin boleto de regreso. México no tiene la culpa, pero quieren que sea el único país que pague los platos rojos. A otro perro con ese hueso.

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