En el discurso oficial en México, un concepto recurrente durante muchos años ha sido el de la innovación educativa. Sin embargo, en su aplicación no pocas veces ha tenido consecuencias catastróficas. Tal vez porque ha partido de la idea fija de la educación tradicional, que es básicamente excluyente de aquellos que no son considerados protagonistas del proceso educativo, y donde se mantienen rígidas jerarquías tanto en el proceso mismo como en los niveles de aprendizaje.

Un cambio interesante surgió con la introducción de avances tecnológicos. Pero la innovación no fue en la educación sino en sus herramientas. Ese avance supuso ventajas para la educación tradicional, pero sólo acentuaron más las jerarquías. Lo que esperaba ser una optimización derivó en pereza intelectual. El acceso a enorme cantidad de información, sin cambios en la idea misma del proceso educativo, deslumbró, no clarificó la enseñanza.

Violetta Estefanía Ruiz llevó esta paradoja a la mesa de diálogo con la doctora Paloma Vargas, investigadora del Tec de Monterrey; el consultor Vincent Ventura; y el director de Acton Academy Monterrey, León Velázquez. Y bien, la manera más simple de abordar la innovación educativa, fue primero redefiniéndola ya como un concepto diferente, completamente distinto al que se manejó por años; y, aquí sí aclarando, que el proceso educativo es incluyente en cuanto a los que lo realizan, y necesariamente dependiente del ámbito social, productivo, económico y hasta geográfico en donde se desarrolla.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.