Por Eloy Garza González

Mi papá, Eloy Garza Mascorro, no era lector de novelas. Lo suyo fue la música y las matemáticas (decía que un buen músico era un buen matemático). Se recibió como ingeniero civil y escaló en la burocracia de Pemex hasta ser director de construcción y mantenimiento de gasoductos, en Reynosa. Siempre cantó boleros con su requinto y en la Universidad de Texas estudio ópera. Aunque lo que más le gustaba era cantar con alma, corazón y vida: “alma para conquistarte, corazón para quererte y vida para vivirla junto a ti”.

Sin embargo, para cubrir su faceta cultural y emulando a todos los clasemedieros en los años 70, mi papá solo usaba guayaberas y formó una pequeña biblioteca, atiborrándola de enciclopedias, compradas a plazos: Salvat, Británica, Temática, Historia del Arte, Historia de México, Historia del Arte en México y así.

Un día, yo no sé cómo, mi papá consiguió un ejemplar de la primera edición de una novela en dos tomos. La ocultó bajo llave, en una gaveta donde guardaba sus botellas de Old Parr. “Es la novela más asombrosa de todas las que leerás en tu vida”, me aseguró él que casi no había leído ninguna. Y yo, que apenas tenía 14 años y me había propuesto como humilde meta leer todas las novelas del mundo, no le creí.

“¿De qué va, papá?”, le pregunté. “Trata sobre las generaciones de una familia que tiene un secreto inconfesable”. Yo me reí: “Sí, ya la leí, los descendientes nacen con cola de cerdo y se titula Cien años de soledad”. Y él: “Nombre, ya ni la friegas, se titula Conversación en la Catedral y es de un fulano que se llama Mario Vargas Llosa”. Entonces me explicó con lujo de detalles, como si fuera maestro de literatura, la carpintería interna, el enigma del estilo y los alcances de esta narración incomparable.

De entonces a la fecha, he leído un millar de novelas, de todos los géneros y de todos los países. Pero mi papá, que no era lector, ni lo pretendía, le atinó sorprendentemente a golpes de puro sentido común: creo que, nostalgias aparte, Conversación en la Catedral es la novela perfecta, en trama, técnica, ensamble y composición. Una catedral de imaginación realista.

Mi papá no dejó fortuna. Solo su requinto y esta novela que es como un bolero dividido en dos volúmenes. Se trata de la primera edición, de 1969, el año cuando yo nací, impresa por Seix Barral.

¿Cómo llegó este libro a manos de mi padre en Reynosa y cómo pudo entenderla a fondo si en aquel entonces la obra de Vargas Llosa era totalmente innovadora y experimental, legible sólo para conocedores? No lo sé. Pero cada vez que hojeo por gusto esta primera edición (luego compré otras más recientes, en diferentes formatos), recuerdo a mi padre y a su espontánea y autodidacta capacidad para asimilar una de las maravillas de la creación humana. Murió sin saber que a Mario Vargas Llosa le gusta cantar boleros y su preferido es Alma, corazón y vida, que más que bolero, es un vals peruano.

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