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Contribución a la crítica del coronavirus político

Por José Jaime Ruiz

@ruizjosejaime

Las guerras comerciales son la reciente fase del capitalismo. No entre repúblicas imperiales, como los Estados Unidos, o imperios no republicanos, como China. Reducir las nuevas guerras a Estados es obviar los intereses económicos de las grandes compañías financieras de los diversos países. Cuando el capitalismo chino emergió como potencia global (Huawei, por ejemplo) tuvo su resistencia en el mercado de otras compañías que habían acaparado el consumo. La nueva fase del capitalismo confronta a las compañías en una lucha por el consumo. La nuevas guerras superan a las guerras clásicas (Estados Unidos en Medio Oriente, Rusia en Ucrania), aunque mantienen la esencia de la guerra porque toda guerra (aqueos en Troya) es económica.

¿A quién favorece la irrupción del coronavirus? No a China, a las compañías de los Estados Unidos. Algo positivo resulta del escándalo del coronavirus, como escribió Marx, ya que la existencia social determina la conciencia. ¿De qué se está consciente hoy? De la corporalidad. El cuerpo es político o no es. La nueva globalidad induce a la individualidad. El pánico al contagio hace separarnos de la otredad, de la sororidad, de la fraternidad, de la solidaridad. Al volvernos “propios”, el nuevo capitalismo nos reduce a “ajenos”. La distancia, y no la cercanía, es el nuevo modelo de convivencia social.

La irrupción del coronavirus como patógeno de ideología inaugura esta nueva etapa del capitalismo donde el consumo, la deuda, el financiamiento, se convierten en “individuales”. Atrás la permisividad, ahora la prohibición, empezando por los cuerpos. El coronavirus destruye la sexualidad de los encuentros, hace de los cuerpos “ficha” policial: dame tu estado clínico y luego vemos.

La palabra es “contagio” y, por tanto, pánico. Miedo a contagiarse de una enfermedad que no destruye como otras enfermedades. La destrucción de la colectividad (barrios, escuelas, ocio) es el nuevo engaño revestido de “enfermedad”. Lo colectivo enferma. Por eso la Cuarta Revolución Industrial apuesta por el “yoísmo”. No es necesario ir al super cuando nuestro consumo lo podemos pedir en línea; cualquier cosa que deseemos, pues ahí está Amazon. La civilización del espectáculo se convirtió en pantalla. Cierto, ¿cuántas personas caben en un estadio en el Super Bowl o en la final de la UEFA? ¿Cuántos millones siguen el espectáculo a través de pantallas?

La cuarentena se convierte en cotidianeidad. Los seres humanos, presos en sus habitaciones. Las relaciones humanas, proscritas. La libertad, destruida. No hay otras enfermedades, salvo el coronavirus. Ya no se discute el cambio climático, al fin y al cabo, la gente estudia, trabaja y se refugia. Fiestas y festines, nulificados. Una enfermedad “ligera” condiciona nuestra ineptitud social, favorece la opresión del capitalismo en el consumismo. Un estado de excepción por “seguridad” se convierte en estado reglamentario. No durará, pero el experimento de sometimiento les funcionó. El Poder siempre encuentra la ruta: miedo, pánico.

No Estados Unidos contra China. Son las trasnacionales contra los ciudadanos del planeta. El capitalismo engendró su huevo de serpiente: la competencia. Como el feminismo de la Cuarta Ola, para los ciudadanos la ruta es colectiva. El capitalismo instruye en fragmentación, la lucha social en integración.

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// José Jaime Ruiz

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Autor: José Jaime Ruiz
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