…y vi salir de la boca del dragón

y de la boca de la bestia

y de la boca del falso profeta

tres espíritus inmundos a manera de ranas.

Porque son espíritus de demonios

para congregarlos a la batalla de aquel gran día del Todopoderoso.

Y los congregó en el lugar que en hebreo se llama Armagedón.

Apocalipsis 16, 13-16

            La ignorancia, que no es otra cosa que la consecuencia de la información escasa o intencionalmente desviada, es el alimento de las diversas religiones, aficiones o creencias. El opio de la gente, decían los marxistas, asumiendo que el conocimiento dialéctico acabaría con ese narcótico.

            La crisis magna que viene diezmando Asia y Europa y que hacia fines de esta semana comenzará a diezmar México ha venido precisamente a suplir los huecos que la ignorancia nos ha generado con todas las posibles teorías e inventos que explican su surgimiento y desarrollo. Las astrólogas, adivinas, cartomancianas y numerólogas –que extrañamente suelen ser mujeres– han puesto a circular, o han desenterrado de su memoria no tan remota, sus predicciones apocalípticas para este año. El 2020, escuché ayer es una venganza de la naturaleza por las constantes violaciones que el ser humano le ha venido haciendo por siglos y que en la suma de sus dígitos esconde el secreto de los cuarenta días que debe durar nuestro martirologio colectivo para que resurjamos a una nueva Jerusalén que habremos de configurar distinta y tratar mejor que al mundo en que vivimos y que se nos está acabando.

            Los cuatro jinetes apocalípticos o los siete ángeles del Señor que llegan al final de las escrituras que llamamos sagradas, vienen precisamente a eso: son mensajeros del Dios de la ira del Pentateuco, que agotado de las ofensas que le hemos infringido decide un castigo mayúsculo. Hay mucha gente dispuesta a admitir esta versión de nuestra pandemia.

            Pero más potente que el coronavirus resultan otras infecciones, diseñadas por largo tiempo por el ingenio del ser humano: el rumor y la maledicencia, que con la aplicación de las nuevas herramientas de la tecnología han multiplicado sus lenguas y su poder de imaginaria. Por las redes llamadas sociales proliferan desde exégesis para los fenómenos que nos tienen locos hasta remedios de lo más variado, desde la ingesta de orina de vaca hasta la de agua caliente con bicarbonato o vinagre, hasta detallados documentos que narran experimentos que se han desarrollado en América o Francia, en Rusia o China, que proporcionarían a la brevedad la cura a la infección de vías respiratorias superiores que no ha podido ser evacuada.

            La impunidad que da el anonimato de cada quien que quiera difundir su versión de la verdad universal y tenga una computadora a la mano facilita la proliferación de este virus maligno. La ignorancia que parecemos disfrutar gozosamente nos hace adoptar cada uno de esos textos con una ceguera asombrosa y su reproducción que se acerca peligrosamente a la progresión geométrica que hace de un texto, dos, de dos cuatro, de cuatro ocho y así poblar al mundo de la verdad electrónica con tantas copias de una mentira o media verdad como esa progresión llenó los cuadros del tablero de ajedrez que el sabio Lahu Sissu pidió de recompensa al rey Sharam en la vieja India por haberle enseñado el juego.

            Las redes sociales tienen un principio democrático, no cabe duda. Umberto Eco lo dice de manera lapidaria: es la invasión de imbéciles que da derecho de hablar a una legión de idiotas.

PARA LA MAÑANERA, PORQUE NO PUEDO ASISTIR.- Señor Presidente, con todo respeto: ¿No hubiera sido igual de humanitario atender a las víctimas menonitas con la solicitud que se atenderá a la madre del Chapo Guzmán?

felixcortescama@gmail.com

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