Por Félix Cortés Camarillo
Hace exactamente 35 años, el que fuera mucho tiempo corresponsal del New York Times en la ciudad de México, Alan Riding, publicó su libro Vecinos Distantes, el más importante estudio de la naturaleza de los mexicanos en su relación con sus vecinos del Norte. Un inteligente e indispensable análisis de la inevitable convivencia de dos vecinos que parecen empeñados en profundizar los abismos que han impedido por siglos construir los puentes que fortalecieren una relación amistosa y de cooperación, entre países que en cada ceremonia de protocolo politiquero insisten en las tradicionales afinidades humanas, culturales históricas y económicas que nos hacen inclinados más a la unidad que a la ruptura.
Entre las muchas confusiones y dislexias que se atraviesan en este vecindario se encuentra la fiesta de hoy martes. Para los norteamericanos, el día de la Independencia de nuestro país no es en septiembre sino la fecha que pronuncian exactamente así, sinco de maio.
Hay una probable explicación a esta confusión histórica. La batalla de Puebla, que todos aprendimos en la escuela primaria fue en la que las armas nacionales se cubrieron de gloria y bajo el mando del general Ignacio Zaragoza –texano, por cierto– vencieron al ejército mejor armado y preparado del mundo, el arrogante ejército francés que mandaba el general Charles Ferdinand Latrille, Conde de Lorencez. En sus ataques al fuerte de Guadalupe los franceses perdieron 500 hombres; los mexicanos menos de doscientos.
Pero los Estados Unidos tenían un diferendo activo por el dominio de las provincias del sur este de Norteamérica, la llamada Luisiana. En carambola de tres bandas, los mexicanos –que perdieron la batalla de Puebla dos días después– estaban distrayendo a las tropas francesas impidiendo que mantuvieran una guerra invasora en dos frentes americanos. Era un favor histórico a Juárez a los norteamericanos.
Como nada en este tiempo, las fiestas de los mexicanos en el país del norte ya no serán como las de antes, festivales de comida, bebida y danza y de orgullo mexicano.
Primero, los migrantes mexicanos tienen en este momento otras preocupaciones diferentes a la fiesta estruendosa que han acostumbrado: están perdiendo no solamente su empleo, están viendo debilitar su economía familiar y están perdiendo la vida. Dudo mucho que alguna vez sepamos el número exacto de mexicanos migrantes que están muriendo en Nueva York, California, Michigan o las Carolinas, donde se ubica una gran ancha de mexicanos migrantes: muchos carecen de documentos y por ello no solamente carecen de servicios de salud en un país que tiene el más deficiente sistema de sanidad pública en el mundo.
Un poco sustentable pronóstico afirma que en este mes la economía se comenzará a poner de pie: se abren las playas y las tiendas en España y Francia. Las maquiladoras del norte de México están abriendo por sus pistolas. La presión de las armadoras norteamericanas de automóviles es demasiado fuerte.
También es jugarse la vida del mundo en un albur.
O en el juego ese idiota que llaman la ruleta rusa.Y Donald Trump es capaz de hacerlo.
PREGUNTA PARA LA MAÑANERA, porque no puedo entrar sin tapabocas: Señor Presidente, con todo respeto: ¿Tampoco le gusta el tonito de las preguntas al doctor Hugo López-Gattell?
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