Por Carlos Chavarría

José Agustín no se equivocó en aquella serie de libros sobre la trágica comicidad que induce el poder en los políticos con el afán de reforzar su imagen y convencer incautos.

Lo único lamentable es que nuestros hombres públicos no hayan evolucionado nada en casi 100 años y todavía se lanzan en búsqueda de algún público real o imaginario que revalorice su labor a través de su muy gastado histrionismo.

El mejor ejemplo del narcicismo en un político lo encabeza el presidente de los EEUU, Donald Trump, quien en ocasión del lanzamiento de un cohete espacial, mandó organizar un evento digno de la antigua Roma que empezó  con la introducción zalamera que del primero hizo su vicepresidente, para seguir con una entrada apoteósica acompañada de una fanfarria cual Luis XIV, mientras tanto en sus calles la violencia se desata debido al inoportuno asesinato de un hombre color a manos de un policía blanco y en época electoral.

En nuestro México ya hemos tenido personajes políticos narcisistas, algunos al extremo como López Portillo, que se ufanaba de su sapiencia y múltiples habilidades intelectuales y deportivas.

Ahora en nuestro tiempo, no deja de ser molesto que un presidente suponga que todos estamos atados a las formas vintage de un México que ya no existe y pretenda con una muy falsa actuación agregarle valor a lo que él mismo desgasta todos los días en sus ya bien reconocidos ataques a todas las personas que en su mente debe devaluar para alcanzar sus visiones informes de un México nuevo.

Abraham Lincoln dijo alguna vez que “en política, ni diez mil ángeles del cielo podrán cambiar un error cometido”. Las crisis y el estilo marcan a los presidentes y López Obrador no será la excepción por mas documerciales que le produzcan Ibarra y los demás que pueda pagar.

En la mente popular poco se recuerdan las cosas buenas acerca de un político por más que se afane el personaje en recordarlas todo el tiempo y así habrá de ser ahora y siempre, más cuando la magnitud de la crisis derivada de la pandemia agotó las reservas de efectivo y paciencia que existían para los programas clientelares del presidente.

Bien haría el presidente en no olvidar que nada consume a un hombre más rápido que la pasión motivada por el resentimiento, que al parecer, se ha convertido en el emblema de su discurso cotidiano.

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