Por Félix Cortés Camarillo

Hoy que todos me dejaron

Cuando pobre y nada valgo…

Soy el Tren Sin Pasajeros, Tomás Méndez

La mañana del siete de junio de 1997, con el retraso que le era habitual de un par de horas, el tren de pasajeros que se llamó “El Regiomontano” llegó a la “nueva estación” de la colonia industrial en la ciudad de Monterrey. Fue su último viaje.

La arbitraria decisión del presidente Ernesto Zedillo de regalar los Ferrocarriles Nacionales de México a una empresa norteamericana que muy poco después le daría chamba ejecutiva, culminaba así emblemáticamente. El transporte de personas por vía férrea, que hizo entre otras cosas la Revolución Mexicana y, en el traslado de materias, fundamentó la invención del México moderno, estaba terminando esa media mañana.

Bueno, no es tanto así. Lo que terminó fue el transporte de personas. Resulta que no era rentable llevarnos en vagones de tercera clase, que tenían bancas de madera, o de segunda, que tenían butacas, o en primera, que nunca conocí, para ir cada verano a visitar a mi abuela de Monterrey a Monclova. Años más tarde, con mi adorada Bertha hicimos el Regiomontano sin penas y sin prisas, ida y vuelta varias veces.

Todo aquello acabó con la avaricia de Zedillo. La privatización de los Ferrocarriles Nacionales de México, iniciada por Carlos Salinas y culminada por Vicente Fox dejó al país sin un vínculo interno y económicamente accesible para su desplazamiento.

Ayer por la mañana escuché un mensaje de esperanza. El presidente López ya había escuchado la sugerencia de retomar el proyecto de tren de pasajeros México-Querétaro. Ahora, el presidente López acogió la idea, y casi se comprometió a realizarla. Lo cual no deja de ser importante y benéfico.

El presidente aclaró algo que todos los mexicanos sabemos: no tiene dinero.

Si no se incrementa la recaudación, el gobierno central no tiene dinero para hacer nada más que pagar becas a los inútiles votos pendientes o a los imaginarios que plantan árboles frutales y maderables que existen sólo en el discurso presidencial.

Pero hay una salida a este asunto. Si la iniciativa privada, el capital de este país, está dispuesta a meterle lana al ferrocarril de pasajeros, va, dijo Andrés Manuel.

Yo diría que hay que tomarle la palabra al presidente López.

Las vías de fierro están ahí. Los gringos tienen las locomotoras. Los señores del dinero pueden armar con la mano en la cintura un Expreso de Oriente con comedores y bares de lujo y con vagones de pasajeros donde Leonardo Di Caprio podría refocilarse con su galana mientras el Titanic se hundía. ¿Por qué decirle que no?

Solamente quien no quiera que este país comience a respirar. Cosa que nos hace falta.

PREGUNTA para la mañanera porque no me dejan entrar sin tapabocas: Con todo respeto, Señor Presidente, ¿los gobernadores no le merecen respeto?

‎felixcortescama@gmail.com

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