Por Carlos Chavarría

Si existía alguna duda de que López Obrador está buscado la restauración del autoritarismo presidencialista del viejo PRI, con la expresión “obediencia a ciegas” confirma lo que ya se dejaba ver desde su campaña como el trasfondo real de su 4T.

En un mundo por completo distinto, el presidente buscará llevar a México a un retroceso que no puede augurar nada bueno.

Es fácil esperar que en  2021 aparecerán todas las marrullerías del pasado que bien conocemos para que MORENA mantenga el control absoluto del congreso y poder de esa manera continuar con más de lo mismo que ya hemos visto y profundizar el estado de cosas que, como se ve, se complicará aún más.

El hombre en cuestión tiene una sola visión y no le importan los daños colaterales y directos que ocasionará en el país, porque en estos primeros tres años nada substancial se ha hecho para resolver los problemas que si bien es cierto ya se venían arrastrando, en la “opción no hacer nada”, evolucionarán sin freno.

La violencia, el estancamiento económico, el deterioro de los sistemas públicos de atención y de servicio, la degradación de la infraestructura pública, etc., empezando un periodo de una complejidad que hará empequeñecer a los problemas que hemos afrontado en el pasado, que al igual que antes fueron usados por el régimen como justificante de golpes de timón insospechados.

No ha existido en México un solo político que haya reconocido como propia la responsabilidad por la implantación de medidas y políticas públicas fallidas. ¿Acaso ya olvidamos el “no nos volverán a saquear” de López Portillo para justificar la expropiación de la banca privada?.

López Obrador no será diferente. El presidente tiene asesores a modo que lo engañan. Son los que lo están nutriendo desde las sombras con datos y criterios que él cree a fe ciega, porque coinciden con sus pobres ideas preconcebidas y sobre simplificadas, como la de que “chiste tiene sacar petróleo”.

Ya en este momento tenemos suficiente evidencia de que el presidencialismo no da para más y nuestro país ya agotó todos los márgenes de maniobra política y económica como para hacer experimentos sin sentido, como el utopismo no revelado de AMLO.

El verdadero problema reside en que a pesar de la llegada de otros partidos políticos al poder, en México nadie quiere desensamblar el viejo régimen sostenido por  la repetida esperanza de que algún nuevo carisma salvará la situación.

De hecho, López Obrador ha podido manejarse a su estilo porque todo el entramado del sistema así lo prescribió desde Calles, al presidente poder absoluto y no se le ven ganas de cambiarlo como fue con Fox y Calderón, no se diga Peña Nieto.

Pero ahí no termina todo. Desde la misma sociedad todos los esfuerzos son para que ya no pueda López Obrador operar, se refieren a la persona y no al sistema que fue el creador de López Obrador, como lo fue de Echeverría, de Salinas, y de todos los que hemos nombrado según la manipulación de la historia, como culpables de todo y no al sistema político en sí.

Por ahí tenemos a la ambigua y dividida clase empresarial  que en un muy riesgoso juego hacen negocios con el gobierno actual y al mismo tiempo patrocinan movimientos como el de Gilberto Lozano que no tienen discurso ni oferta alternativa más allá de que se vaya López Obrador y con eso pretenden mejorar sus opciones para el 2021.

“Cuando despertamos, el dinosaurio seguía ahí” (paráfrasis de Augusto Monterroso). Mientras el propio AMLO nos muestra contra lo que hay que luchar, que es  la obediencia ciega, sin importar de que partido se trate,  los líderes sociales de todo tipo continúan atorados también en el pasado que ya no está, y que forzados por la nueva crisis no volverá.

“Los políticos son iguales en todas partes. Prometen construir un puente incluso donde no hay río”. Nikita Kruschev, dirigente de la Unión Soviética entre 1958 y 1964.