Por Félix Cortés Camarillo

Siete meses de confinamiento involuntario, con muy escasas válvulas de escape en los ámbitos recreativos, lúdicos o sociales, acaban por convertirse en una olla de presión esperando solamente el momento en que va a estallar.

Esta circunstancia resulta más pronunciada si durante el período de aislamiento se abren y cierran intermitentemente diversas válvulas de escape: ahora cierro los bares y restaurantes, ahora los abro. Ahora se abren los teatros y los cines un poquito, ahora se vuelven a cerrar. La frustración de una esperanza perdida es peor que la molestia de no haber tenido esperanza.

No se podía esperar otra respuesta de los jóvenes europeos, que los disturbios que se están registrando en Madrid, Málaga, París, Bruselas, Melilla o Barcelona. “Libertad” piden los manifestantes, pocos pero agresivos. La policía de todos los países responde con gases y macanas. Los protestantes con vandalismo y saqueo.

Entre los que reclaman que se abran los bares, que se haga la fiesta, que se recupere la “marcha” madrileña, que se pueda ir al cine con la pareja y que reunirse a bailar sin protección ni sana distancia no sea un delito se encuentra toda la gama del espectro social de los jóvenes: de la extrema derecha a la extrema izquierda, pasando por los anarquistas y los neonazis. Neuróticos hay en todas partes.

Los descontentos mexicanos por su encierro son menos bruscos. Hacen sus reuniones clandestinas -que a veces incluyen bodas y bautizos- sin alardear ni salir a las calles a protestar. Se tienen a dos factores: la discreción y la corrupción. Piensan, creo que erróneamente, que si llega un inspector a clausurarles su festejo podrán conven$erlo de que se haga de la vista gorda.

 En el campo de la autoridad también hay equívocos.

En Nuevo León, por ejemplo, el doctor Manuel de la O, subido en el ladrillo de su momentánea fama como director de salud del estado, se ha mareado al igual que el doctor López-Gatell a nivel nacional. Dice el doctor de la O que va a meter a la cárcel y a imponer multas gigantescas a quienes no se guarden en su casa e insistan en hacer reuniones, fiestas y convites.

Tiene razón, pero no tiene derecho. Le van a llover amparos porque está haciendo uso de una facultad que la ley no le da. Él puede hacer recomendaciones, advertencias y serias imputaciones, pero no tiene autoridad administrativa para meterme al bote si me pilla en la calle sin cubrebocas.

El encierro al que estamos sometidos dista mucho de ser una jaula de oro. Simultáneamente a la pérdida de ciertas libertades intrínsecas como el libre tránsito y la libertad de reunión, estamos viviendo en carne propia la debacle económica que nos ha traído la pandemia.

O séase, que no hay para donde moverse.

PREGUNTA para la mañanera porque no me dejan entrar sin tapabocas: con todo respeto, Señor Presidente, ¿Ya le contestó el presidente Trump al reclamo de que Usted no fue informado de las investigaciones del general Cienfuegos? O, ¿nos esperamos al próximo Presidente?

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