Por Francisco Villarreal

Cuando era niño, mis abuelos me compraron un Antiguo Testamento, en el tianguis de libros usados que se instalaba los domingos en la avenida Juárez. Sí, desde niño leí toda la Biblia, pero por fortuna tengo mala memoria. Aquel libro tenía ilustraciones alucinantes, algunas que años después supe que eran de Gustavo Doré. Leía un poco, y me estacionaba largo rato viendo aquellos grabados. Es curioso cómo las imágenes, sobre todo las más dinámicas, inducen una historia visual en un niño. Así imaginaba el antes y el después de esa imagen, un poco con la referencia de lo que leía. Luego sacaba una de las tantas libretas extra que me compraban sólo para dibujar, no para la escuela. Ahí un dibujo básico lo iba modificando cada vez, como una historieta. Soltaba el lápiz hasta terminar la “historia”, salvo cuando debía alimentar a las gallinas, a los pavos, a los cerdos, o a mí.

Uno de aquellos dibujos “dinámicos” terminó con una paloma y un cuervo volando sobre el mar. La referencia es bastante obvia: el Diluvio. Surgió luego de ver una imagen terrible, de un mar embravecido acosando a un grupo apiñado en una roca, y en la cúspide, una tigresa tratando de salvar a sus cachorros. Años después rescaté esa imagen y aún me aterrorizo con ella. Mi yo niño se conmovía casi hasta las lágrimas ante aquella tigresa. Los humanos se supone que estaban sufriendo, pero recibían un castigo por no pagar con virtud la bondad divina; la tigresa y sus cachorros no tenían qué ver en ese sagrado argüende comercial de virtudes y pecados, premios y castigos.

En aquel grabado, pude, y puedo aún imaginar la ola furiosa que tragaría ese frágil refugio. Lo que no puedo imaginar es cómo ilustraría Doré el embate de la tercera ola de esta epidemia que parece que quiere envejecer a mi lado. Salvo la mejor opinión de los especialistas en sus devociones religiosas, mi formación masónica rechaza la intervención divina en esta tragedia mundial. Me queda claro que la difusión del virus es responsabilidad netamente humana. Pero no me agrada que se culpe sólo a grupos de edad, esta vez jóvenes, de un incremento en contagios y muertes.

Durante el largo proceso de la pandemia, vimos cómo los “picos” estadísticos anteriores fueron bastante previsibles. Vimos cómo otros países entraron en crisis antes de que nosotros mismos llegáramos a eso. Esperábamos esta “tercera ola”, pero nos preocupó más la economía que la vida. Si en la “primera ola” se tomaron medidas drásticas, ahora, con el escudo de paja de las vacunas, se mantiene la apertura económica. Si bien se endurecieron las restricciones, se tiene también el antecedente de que las restricciones anteriores no impidieron llegar esta nueva crisis. La apertura se mantiene, y que topen chivas y chillen llantas.

Para el gobierno federal sigue en pie el reinicio de clases. Por ahí leí que no quieren que la epidemia frene a la educación, sobre todo de los más jóvenes. Tal vez tengan razón, pero exageran; durante décadas la educación en México ha avanzado con el freno puesto. Hasta el gremio magisterial ha sufrido un enorme deterioro y maltrato. Desde el principio de la epidemia se advirtió sobre la dificultad de controlar a los niños y jóvenes en el tema de la prevención. Se advirtió sobre la virulencia, especialmente en niños, y la facilidad con la que pueden dispersar un contagio. Ya hemos sabido de casos de niños contagiados que a su vez han contagiado a familiares cercanos. Ya hemos sabido de casos de niños infectados que han tenido un desenlace fatal. Insistir en el reinicio de clases presenciales, así sea opcional, es abrir la puerta para que la “tercera ola” se convierta en diluvio… Esta tigresa no parece cuidar bien a sus cachorros.

En Nuevo León se llama la atención a los jóvenes por su exceso de confianza. Sin decirlo abiertamente, se les señala por haber bajado la guardia en antros, reuniones, estadios, paseos y fiestas. En pocas palabras, se les culpa. Se les ofrece antros, restaurantes, eventos, sitios turísticos, estadios y luego se les reconviene por asistir. Aquí no es como esa caja de Petri del SARS CoV-2 que es el transporte urbano, que no tenemos más remedio que utilizar. Aquí, abriéndolos, se les invita a todos esos lugares, pero se les exigen medidas preventivas. Se nota que los planean esas aperturas no comprenden el sentido de ese tipo de socialización; se va a esos lugares precisamente para fingir que no hay epidemia. Es como el condón: todos sabemos para qué sirve, todos aceptamos que debemos usarlo, pero cuando se llega el momento es lo único que nos estorba (eso, y algunos tipos de broches). Total, ¿qué puede pasar? ¡Y pasa que sí pasa!

Ha habido otras pandemias, y en México otras epidemias, pero el Covid-19 parece ser nuestro segundo Diluvio Universal. Aquí no hay más arca que el calabozo doméstico. No hay más “justos” y salvos que los afortunados que pueden darse el lujo de exagerar la prevención a costas de las críticas de los que no quieren y la envidia de los que no pueden. Todos desean salir airosos de esta crisis. Unos, sin menoscabo a sus comercios, negocios, empresas, fama… Otros, asumiendo el riesgo de sufrir la enfermedad o el hambre. Muchos pretenden que no pasa nada y agradecen a las autoridades que les den la oportunidad de seguir con su ritmo normal de vida “restringida”. Y todos suponen que una vez conjurada la pandemia, la epidemia en México, las cosas seguirán como siempre.

Y no, ni siguen ni seguirán como siempre. Hasta el bueno de Noé agarró una soberana borrachera una vez que pasó el Diluvio. No lo culpo por evadirse así. Su futuro pudo ser una maravillosa promesa, pero su pasado fue una terrible realidad. ¿Cómo reaccionaremos cuando, a toro pasado, comprendamos que, en lugar de plantear nuevas fórmulas para no enfermar a la economía, se nos ofrecieron las mismas con el riesgo adicional de que fuéramos nosotros quienes enfermáramos? Y lo aceptamos sin chistar. ¿Cómo enfrentaremos el futuro cuando entendamos que este Diluvio no lo mandó Dios sino fue producto de nuestras equivocaciones? Noé no encontraría en toda la Creación un vino tan amargo.Mi dibujo infantil de este nuevo Diluvio Universal terminaría igual, pero sin paloma.