Por Carlos Chavarría

De un mundo donde la ideología importaba, pasamos a otro donde solo importa el poder implícito en el servicio público, ahora trabajar en alguna de las ramas del sector público es tener poder, es “estar en la jugada”, y los partidos son simples agencias de colocaciones para el poder.

Los partidos están al servicio de quienes, por obra de la circunstancia, se apropian de ellos en su beneficio. Es fácil observar en todos a las camarillas que desdibujan la democracia interna y, por supuesto, la doctrina y principios que inspiraron su fundación.

El nacionalismo revolucionario, la subsidiaridad y la izquierda progresista quedaron en el baúl de las anécdotas del sistema político mexicano dando lugar a la reinvención electoral sexenal o trianual, según el caso.

Ya no es suficiente la definición de izquierda-derecha donde cabe todo pero no se define nada de la praxis política para el progreso.

Se nos perdió el futuro, ahora todo es visión a seis o tres años de porvenir, eso sí, con cada vez más problemas y menos recursos para resolverlos. La sociedad ya aprendió, en su pobreza cultural, a despreciar lo ideológico y se organiza con rapidez  que sorprende, solo en el caso de  aumentos de precios, de impuestos y por la violencia, que es importante sin duda pero si deduce del comportamiento social existe solo al leer la nota roja y nada más.

El proceso electoral está organizado alrededor de los partidos políticos sin ideología y el Estado se estructura alrededor del nuevo líder de turno agigantado por  los naturales errores y catástrofes que causa el morboso cortoplacismo electorero que tanto aprecian los votantes del siglo XXI.

La democracia sin partidos es una trampa muy sutil pues pareciera deseable no gastar para sostener a las burocracias partidistas, pero una democracia sin ideologías es presa fácil del engaño, del incumplimiento de lo prometido, y de los golpes de timón que con facilidad han destruido y destruyen muchos de esfuerzo de la sociedad entera por superarse.

En primer lugar, los actores, con la sustitución de los partidos y los militantes por los colectivos de apoyo electoral y los grupos en favor de campañas sociales concretas y, por otra parte, la renuncia a toda doctrina y formación ideológica, suplantadas por nuevos dispositivos técnico-funcionales al poder.

En el ámbito mundial existen diversos estudios sobre las repercusiones del marketing en el contexto político,uno de ellos es el del francés Jean Mouchon, «Política y medios». Otro es el de Eric Asard y Lance Bennettlas, quienes elaboran un estudio comparativo entre Suecia y Estados Unidos. En él concluyen que: «en los dos escenarios, las llaves de producción, de valor, de intercambio y una satisfacción de consumidores son los tipos de instituciones que actualmente están trabajando en el proceso normativo» (Asard y Bennettlas, 1997: 177).

Imaginémonos en qué se convierte un parlamento que abandona las afinidades  y agrupamientos ideológicos y lo sustituye por el pragmatismo negociador del momento, simplemente en un mercado de votos y en un régimen de transa.

Los partidos políticos y, por supuesto México, continuaremos perdidos en el mercadeo y la estridencia en tanto no abran un debate ideológico sobre sus intenciones más amplias y profundas que sea el soporte de lo que la sociedad quiere en realidad para su país en el largo plazo.

“No existe peor tiranía que la ejercida a la sombra de las leyes y bajo el calor de la justicia”. // Montesquieu.