Por José Francisco Villarreal

Nos gusten o no, estrenamos administraciones municipales y estatal. Tiene toda la razón la esposa del gobernador García al hacer esa advertencia cuando convocó a la unidad. Sólo verbalizó lo obvio, lo que es un hecho en cada cambio de poderes de cualquier nivel. Sin embargo, no creo adecuado que se plantee el gusto y disgusto público de manera conciliadora pero triunfalista a la vez. Es confuso, y la comunicación oficial con la gente podrá ser veraz o falsa pero no admite sutilezas ni triunfalismos porque sólo engendran suspicacias, disidencias y rencores. Nos guste o no, los ciudadanos eligieron a uno entre varios candidatos. Nos guste o no el candidato seleccionado, es un funcionario público de elección popular al que debemos el apoyo en sus proyectos, debemos la crítica a sus malas decisiones, y debemos la resistencia ante cualquiera de sus acciones si atentaran contra los derechos humanos y ciudadanos, o contra la Justicia. Así es, me temo, una democracia y, así se critique al presidente López muchas veces con razón y muchas veces sin ella, nos ha estado inculcando la mala costumbre de la libertad de expresión. El comportamiento de este nuevo gobierno estatal frente a esa libertad será el indicador del verdadero temple del gobernador García como estadista.

He dicho en otras ocasiones que desconfío por sistema de las encuestas, porque son como tomarle foto a un instante. Repruebo además la publicación de encuestas sobre tendencia del voto durante las campañas electorales porque, aunque fueran cien por cien fiables, confunden el criterio del elector y lo inducen a sumarse a la supuesta mayoría. Es decir, son profecías que provocan tramposamente su cumplimiento. En el caso de la transición de poderes en Nuevo León, nos guste o no, Samuel Alejandro García Sepúlveda es el gobernador constitucional que, además, se señala en encuestas varias de aceptación, y las que he visto rondan un porcentaje de 70 y más. Sin admitir esto como un valor absoluto, es lo suficientemente coincidente como para suponer que contra los gustosos hay un porcentaje de 30 y menos de disgustados. Pero así fueran las cifras al revés, ningún disgustado, solo o en manada, intentaría derrocar al gobernador García. Los interesados en hacerlo ya lo intentaron, y al parecer agotaron infructuosamente todos sus intentos. Así es la democracia. Estas encuestas de aceptación popular de inicio son bonitas para cabecear primeras planas, pero son ociosas contra la que ya se plasmó en las urnas. Además, son peligrosas, otro tipo de trampa, porque son un parámetro mediatizado para que se “encueste” la aceptación cada vez que se quiera presionar al gobernante. Es cuestión de hacer ese ejercicio en el momento oportuno para conseguir lo que se quiera conseguir: aplausos o abucheos. Así somos de desconcertantes y desconcertados; hasta una canícula intensa puede afectar la popularidad de un político. Celebrar hoy la encuesta de aceptación favorable de algún medio, limitará la respuesta oficial cuando el mismo medio publique una menos favorable, y lo hará.

No es un secreto que no voté por el gobernador García y que sí voté por el exgobernador Rodríguez. El actual gobernador tiene seis largos años para demostrarme que me equivoqué; el exgobernador Rodríguez fue muy eficiente, lo logró en seis meses. No me gusta ni me disgusta el nuevo gobierno estatal, porque todos sus nombramientos y acciones, hasta ahora, son puras potencialidades. Y no puedo basarme en mi simpatía o antipatía por el ciudadano García, sería tanto como caer el juego de las campañas de odio contra el presidente López y su partido y que acaban por empañar a la verdadera crítica, el oxígeno de la democracia.

Alguna vez escribí que cuando conocí en persona al entonces diputado Samuel García, aunque apenas lo traté un par de minutos, no lo percibí como una persona amable… y no tenía por qué serlo. En ese entonces me daba la impresión de un hombre inteligente, frío, premeditado y con una extraordinaria habilidad para plantearse objetivos y luchar frenética y pacientemente por lograrlos. A la fecha no ha logrado todos los que se ha propuesto públicamente, aunque su actitud casi obsesiva trasladada a la administración pública puede ser útil. Pero por ahora, nos guste o no, es imposible adivinar qué clase de estadista dirigirá a Nuevo León durante los seis años siguientes. Eso sí, no será el que se proyectó en campaña, ni el que esperan los ciudadanos. Ni Dios ni la democracia cumplen antojos ni enderezan jorobados. El tiempo, la sociedad y las circunstancias forman al estadista.

Por lo pronto, como viejo nuevoleonés que soy, ni me gusta ni me disgusta el nuevo gobierno; asumo mi papel en el sistema democrático, con deberes y derechos; podré ser crítico pero no estaré chinga y jode seis años para halagarlo ni para derrocarlo… No como otros que un día sí y otro también son pan con lo mismo. Eso sí, ¡ah cómo me gusta el gusto!, y ese proverbial sentido del humor norestense que, nos guste o no, madrea pero no ofende. Don Lalo González no me dejaría mentir.