Por Félix Cortés Camarillo

En la memorable televisión mexicana de los años ochenta surgió entre otros el programa de «Chiquilladas».

La mecánica es muy simple y tiene amplio recorrido ya en el más simple humorismo: poner a los niños a hacer papeles de adulto.Hemos sido educados en la equívoca cultura universal de que los niños, por el solo hecho de serlo, son graciosos. Cuando se ponen a imitar a sus mayores nos resultan inmensamente cómicos; de ahí el éxito que por varias temporadas «Chiquilladas» tuvo. Al día de hoy, de sus niños protagonistas, alguna se ubicó entre las más celebradas estrellas de la canción popular, otra acabó en las planas de los chismes, con una familiar suya en la cárcel y otro sigue de actor ocasional.

Lo que se vale en el espectáculo está precisamente prohibido en la vida seria, si es que consideramos serio el oficio de la política aplicada desde el poder. Cuando los adultos juegan a ser niños resultan particularmente odiosos; especialmente si tienen el poder en las manos.

Samuel García, el gobernador imberbe de Nuevo León –yo no le he visto la barba– y su inevitable señora esposa, se pusieron a jugar un pasatiempo aparentemente popular entre nuestros nietos, el de las mentiras. Ya doña Clara Luz, que aspiró al puesto que ahora tiene Samuelito, pagó cara su afición lúdica cuando negó con vehemencia siquiera haber sabido de la existencia de una secta de tortura sexual y extorsión intelectual de quienes carecen de intelecto, sólo para que uno de sus oponentes sacara a la luz de la televisión una larga entrevista con el líder de este culto, al que por cierto también perteneció de manera prominente Emiliano Salinas, hijo de un ex presidente.

Pero ese es otro asunto. Entre las chiquilladas de Samuelito se cuentan el de disfrazarse con su esposa de personajes de Walt Disney para visitar niños en desgracia. Su señora esposa, días antes había hecho en el mismo sitio público cambio de su imagen cortándose el rubio cabello ante las cámaras y de paso enfrente de un niño enfermo de cáncer.

Todo se vale, nos vamos acostumbrando desde hace seis años en Nuevo León; pero uno diría que hasta para las payasadas hay límites.

A propósito del corte de pelo de doña Mariana, el gobernador salió a decir que el mismo Papa Pancho se había conmovido tanto por ese gesto de su cónyuge, que los había invitado, a él y a su esposa, a una audiencia privada que el Papa da los miércoles a jefes de Estado.

Los que ya peinamos un par de canas en este oficio sabíamos que el gobernador Samuel estaba mintiendo. Las audiencias que el jefe de la Iglesia Católica da a los jefes de Estado son privadas; se dan cuando al Papa le da la gana y siguen un proceso largo de procedimientos y trámites en los que el protocolo de atuendo de las damas es uno de los detalles menos fundamentales.

Todos los miércoles, efectivamente, el Papa da una audiencia pública. No es que cualquier hijo de vecino pueda formarse y entrar a un salón amplio a ver al Papa y saludarlo, si te toca en primera fila en su entrada: el número de asistentes es restringido y corto. Los privilegiados asistentes reciben en cambio una bendición papal compartida.

Creo que nadie le dijo al gobernador que la estaba regando. Samuelito dio a conocer sus planes de viaje para los días pasados, ya un poquito corregidos. Asistiría a la Conferencia sobre el cambio climático en Glasgow, Escocia y «si el itinerario y el tiempo lo permite» –como en los toros– le harían el favor al Papa Pancho de visitarlo.

Ya Nuevo León conoce el resultado de este faux pas (así se dice, legos, metida de pata en francés). Ni la presencia en el evento en Glasgow sirvió para maldita la cosa; ni hubo audiencia privada con el Papa ni nunca estuvo considerada; si el Papa Pancho se enteró de algo el miércoles es que alguien a su paso le dijo «Monterrey, México», y que entre los tributos que sus fieles le dejaron a sus asistentes hay una camiseta de un equipo de futbol que se llama Tigres. A su regreso, la pareja gubernamental debió haber aclarado todo este embrollo de chiquillos.

Una de las lecciones principales –del Príncipe maquiavaleano– es que hay que evitar hasta lo imposible parecerse al predecesor. De manera especial en sus chiquilladas. Samuel, Gobernador, se está pareciendo demasiado a Jaime Heliodoro, gobernador: En lo hocicón y en lo tonto.

PARA LA MAÑANERA (porque no me dejan entrar sin tapabocas): con todo respeto, señor presidente López, otro consejo que usted no atenderá, pero se lo regalo. Procure que el reo Emilio Ricardo Lozoya Austin sea protegido como debe serlo la fama de usted. No vaya a ser que en los traslados entre celdas y penales, algún «perturbado mental» celoso de la honestidad, lo mate, impidiendo que los mexicanos sepamos lo que él, y probablemente usted también, saben. Se han dado casos.

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