Por Félix Cortés Camarillo

Ómicron es la decimoquinta –no quinceava– letra del alfabeto griego, que tiene 24 unidades. Su representación gráfica es un círculo, igual a la o nuestra. Puesto que micro quiere decir pequeño, significaría una o menor, frente a la gran O prolongada, que se escribe Ω, se llama omega y por si fuera poco quiere decir el final de todo. Debemos ser afortunados de que la nueva cepa del Covid 19 se llame precisamente ómicron y no omega.

La Organización Mundial de la Salud, que desde mayo decidió denominar a los agentes malignos con letras del alfabeto griego y no con los nombres de los países donde habían surgido, se saltó para esta variante las letras nu y xi, que anteceden a ómicron, porque la primera podía confundirse con la palabra inglesa new y la segunda es un nombre de persona muy frecuente en China; ya se sabe que los chinos son muy sensibles.

Lo cierto es que la OMS ha anunciado que la variante ómicron de la pandemia, es una grave amenaza para la Humanidad. Que Holanda anda patas pa´rriba porque en un vuelo de Sudáfrica a Amsterdam le arribaron 61 portadores de la cepa, que Chile, España, Alemania y otros países han prohibido los vuelos que provengan de siete países del sur de África que lleguen a sus aeropuertos. Japón, desde el domingo pasado, no permite el ingreso a su territorio de un solo extranjero. De ningún lado.
Esta maroma sanitaria se ha reflejado en la conducta de la bolsa en todo el mundo. El dólar norteamericano se vendía en México ayer a más de 22 pesos y todos los gobiernos prudentes no se encuentran analizando si van a imponer restricciones a la movilidad de sus ciudadanos, sino cuales van a ser esas, que tengan un inevitable impacto en su economía, pero que sea menor.
En este panorama, casi al unísono, el presidente López, la gobernadora de la capital del país Scheinbaum y el gurú favorito de la cuarta simulación se pronunciaron en contra del control fronterizo, de las medidas precautorias de aforo y movilidad y de cualquier manifestación de alarma por su pernicioso efecto en la recuperación económica (?). Como dijo el otro día el doctor Alcocer, secretario de nuestra Salud, sí hay un peligro inminente en la pandemia, pero que no se entere la prensa porque todo lo magnifican.

El presidente López y su lacayo sanitario López-Gatell coinciden en que no hay evidencia científica del peligro que trae ómicron. Todavía no sabemos cual es su peligrosidad, le escuché ayer decir al presidente.

En otras palabras, hay que combatir la ignorancia con ignorancia. Y todos los funcionarios que no funcionan en su gobierno aplaudirán la postura. De la misma manera en que dócilmente ocultan ya los tatuajes en sus cuerpos y los aretes en sus apéndices como indicó la infame circular que también obliga a los varones a llevar traje y corbata y a las mujeres traje sastre.

Lo que usted diga, Señor Presidente.

«Kejsenerens nye Klaeder», el traje nuevo del Kaiser, se llama el famoso cuento para niños de Hans Christian Andersen que nosotros conocemos como el traje del emperador. En la historia, el rey es embaucado por un supuesto sastre magistral, poseedor de una embrujada tela que los que no fueran aptos para su cargo o irremediablemente estúpidos no podían ver; sólo los justos percibirían su tejido. Al truhán y su cómplice encargó el atuendo, que el mandatario se probó al espejo sin confesar que él mismo no veía tela alguna. Tampoco la corte del emperador podía verla, pero la alababa temerosa de dejar al descubierto su estupidez o su ineptitud. Por esas razones el pueblo entero en las calles no veía la inexistente tela, pero abundaba en elogios sobre su belleza y la elegancia del corte del nuevo traje, hasta que un chiquillo, con la honestidad de su inocencia gritó: ¡pero si está desnudo!
Nuestro Kaiser no quiere ver la inexistente tela de su traje. Él otorga a si mismo y a los suyos el don de la honestidad y la calificación de rufianes a su plena voluntad a los impíos: ayer determinó que la directora del CONACYT es impoluta, y que los que se opusieron a la imposición de un lacayo al frente del CIDE son ciegos seguidores de los economistas neoliberales que ahí se forjaban. El presidente López necesita un niño que denuncie su desnudez. Por ahora, los periodistas tenemos esa obligación moral.

PARA LA MAÑANERA (porque no me dejan entrar sin tapabocas): con todo respeto, señor presidente: ¿hasta cuándo podrá usted hacerse ganso ante las actividades agrícolas, industriales y de las otras de sus hijos mayores?

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