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Por Erika González Ehrlich

La semana pasada las autoridades estadounidenses dieron luz verde a Shell y a Pemex, para cerrar la compraventa de la refinería Deer Park ubicada en Texas, una vez que la operación fue revisada por las instancias oficiales de competencia en aquel país.

Esto concluye un proceso de varios meses que iniciaron con la negociación para que la empresa mexicana adquiriera la mitad de las acciones de la refinería, que desde la época de Salinas se encontraban en poder de Shell. Pemex ya era dueño de la otra mitad y en más de 30 años esas acciones no le habían reportado a esa empresa ni al país beneficio alguno, por lo que el actual gobierno decidió hacer una oferta para adquirir la totalidad de las acciones, a fin de utilizar la infraestructura para producir gasolinas que le permitan a México disminuir su nivel de importación de combustibles.

Esta transacción tiene dos connotaciones; la primera es técnica y económica; la segunda es simbólica.

En relación con los aspectos técnico y económico, la adquisición y operación de la planta texana implica que Pemex pueda producir ahí 250 mil barriles diarios de gasolina, así como de diésel, para complementar la producción de la nueva refinería Olmeca en Dos Bocas, Tabasco, así como la de las 6 refinerías que ya teníamos y que hoy se encuentran en proceso de modernización.

Con la producción de todas ellas, el país va a cubrir la totalidad de las necesidades de consumo del mercado interno de gasolinas y diésel, va a dejar de depender de la importación de estos combustibles y contará con un margen de maniobra mucho mayor para evitar el incremento de los precios al consumidor, siendo estos insumos fundamentales para evitar la inflación en todos los productos del mercado. Hoy el país importa el 70% de las gasolinas que consume y eso nos hace depender de las fluctuaciones intempestivas de precios del mercado internacional.

Con la producción de crudo en ascenso y planeada para suministrar toda la materia prima que necesitan las refinerías, el control del mercado interno en materia de producción y precio, va a permitirnos poder ligar con certidumbre los precios al consumidor directamente a los costos de extracción y refinación, sin depender de factores especulativos de los mercados internacionales.

El otro aspecto es la carga simbólica que tiene esta transacción y que revierte la tradición entreguista que ha vivido México los últimos 40 años, en los que todo se entregó al control de los extranjeros y de los oligarcas ligados con ellos.

Nada más simbólico que adquirir una infraestructura de este tipo, ubicada en Texas, territorio que nos fue arrebatado en el siglo antepasado, para proporcionarle soberanía energética al país desde ese territorio.

Todo esto sucede al tiempo que los paisanos que viven en los Estados Unidos se empiezan a reencontrar con su tierra, dirigida por primera vez en muchos años por un gobierno que no los repudia, que no los ignora, que los reconoce y los toma en cuenta como mexicanos que son, dignos de admiración y respeto de parte de todos los que viviendo de este lado de la frontera, somos beneficiarios del flujo financiero que derraman en nuestra economía por medio de sus aportaciones de remesas.

México ya no es tierra de conquista. Ya no entregamos las riquezas del país para que nos den migajas a cambio; ahora vamos a cualquier parte del mundo a adquirir lo que nos convenga como país, en lugar de entregar a cambio de cacahuates lo que les beneficia a otros.

Como dijo el reverendo Martin Luther King: “Nadie se nos montará encima si no doblamos la espalda”.

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// Erika González Ehrlich

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Autor: stafflostubos
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