Por Carlos Chavarría

Los latinoamericanos ya tenemos demasiado tiempo atorados en falsos dilemas económicos acerca de la capacidad o incapacidad de la libertad de mercado para producir prosperidad y bienestar.

Durante ese tiempo hasta los países que se autodefinen como comunistas o socialistas, han encontrado y trabajado sobre modelos de relación Estado-sociedad que han mostrado diferentes posibilidades para deslizarse dentro del capitalismo liberal sin abdicaciones ideológicas profundas.

La forma liberal de organización del consumo, el trabajo y el capital, tan vilipendiado por cierto, ha sido usados al mismo tiempo por la izquierda de América Latina para sostenerse en el poder sin aportar una fórmula que, si bien distribuya el bienestar de manera más eficiente, logre al mismo tiempo impulsar el crecimiento económico. Lo que tocan lo destruyen.

Los gobiernos de la región se han convertido en superestructuras que operan sobre la sociedad y están en manos de una “clase política” cada vez menos interesada en ideologías y más en el sentido patrimonial del poder y se enfocan en la explotación de la circunstancia con el único fin de perpetuarse en el control de todo.

Los gobiernos, sean de derecha o izquierda en su versión más parasitaria, explotan las debilidades estructurales tanto del aparato del Estado construido a modo, como de la volatilidad que es común al fenómeno productivo y económico, como justificante de sus seudo estrategias para el desarrollo cada vez más informes y veleidosas, inspirando en las masas populares la falsa creencia de que su tarea es exigir dádivas y la de los burócratas públicos el concedérselas sin importar la productividad nacional.

Los ciclos económicos ahora tienen un componente doméstico impulsado por los propios ciclos políticos de populismo decadente que terminan por desencantar a la sociedad y mover el péndulo electoral en otra dirección, pero con los mismos aparatos burocráticos de control.

Mientras el mundo que quiere progresar mira hacia el futuro, seguimos acá mirando hacia un pasado glorioso que no habrá de volver por más que lo invoquemos o busquemos ponerle un nombre diferente, como el de la economía moral, que de moral nada tiene.

“En cualquier caso, aunque yo engendré el término ‘economía moral’ y lo introduje en el actual discurso académico, hace ya mucho tiempo que el término olvidó quién es su padre… Ya no soy responsable de sus actos. Y será interesante ver lo que hace a partir de ahora”, // Edward Palmer Thompson, “La economía moral revisada”, 1991.

[http://conceptos.sociales.unam.mx/conceptos_final/424trabajo.pdf]