Por José Francisco Villarreal

En algún momento del siglo I antes de Cristo, el Senado romano otorgó al cónsul Octaviano un ostentoso “clipeus virtutis” (escudo de la virtud) y el título de Príncipe. Con toda circunstancia lo colocaron en la Curia Julia, sede del Senado, junto a los míticos escudos de Numa Pompilio. Para cuando los distinguidos senadores romanos se dieron cuenta, Octaviano ya era jefe militar y había acumulado las más importantes funciones civiles. El hijo adoptivo de su tío abuelo Julio César también reforzó su poder religioso; puesto que Julio César ya era “Divus Iulio”, con sacerdote exclusivo, el “Flamen Iuliaris”, Octavio era hijo de un dios. Aunque el ahora “Divi Filius” fue hábil militar y políticamente, fue también experto en marketing. Gobernó con atribuciones de monarca, pero se vendió públicamente como restaurador de la república. El poeta Virgilio ayudó mucho. Tardó 10 años en terminar la Eneida (escribía dos versos al día, dicen). Como vio que moría sin dar la última revisión al poema, Virgilio pidió que quemaran su obra. Su mecenas, Octavio, impidió tamaña barbaridad. No por amor al arte sino porque el poema, perfecto, o casi perfecto según Virgilio, sería prácticamente un libro de texto en el Imperio Romano. ¡Que cultos los romanos! ¿Verdad?… ¡Pues no! Más bien ingenuos. El poema implicaba la glorificación y legitimación de Octavio y la gens Iulia como gobernantes del Imperio (la forma no es el fondo).

De Gaius Octavio pasó a ser Octavius Iulius Caesar y luego Imperator Caesar Augustus. Una rápida y sólida carrera para un jovencito debilucho. Sin duda un mandatario eficiente que se promovió como ejemplo de cuatro virtudes muy romanas: el valor, la clemencia, la justicia y la piedad. ¿Era todo eso el “Divino Augusto”? Es evidente que no. Ningún gobernante es lo que dice de sí mismo; a nivel de calle es lo que dicen de él. Así que Augusto procuró que los demás dijeran de él lo que él quería que dijeran, como lo hizo magistralmente Virgilio. El propio Senado romano, tan virtuosamente republicano, cayó en la trampa. Augusto se impuso por la fuerza en la elite dominante, pero no olvidó que no es la elite la que debía creer en él como gobernante y dios, sino los ciudadanos romanos… hasta el más miserable. A la elite se le controla, a los gobernados se les convence. Tanto duró el síndrome de Augusto que tras la muerte del último emperador de la gens Iulia, Claudio Nerón César Druso, y a pesar de su descrédito histórico, los romanos lo extrañaron tanto que lo “resucitaron” varias veces.

Hoy no tenemos virgilios para que exalten o denuesten a un gobernante o a un gobierno. La educación cívica se ha transferido a los medios de comunicación masiva, así que el más logrado poema épico no serviría. La gente tampoco es capaz de leer más de una cuartilla, así se le adorne con las más estrictas métricas y los más sorprendentes tropos. Nuestros nuevos virgilios ahora escriben columnas y noticias, con faltas de ortografía si es necesario. Pero por más que se esfuercen por ser autónomos o por dejar de serlo, es imposible que sean tan eficientes como Octavio, porque las estrategias de comunicación social en general, de cualquier ámbito oficial o no, son menos entonadas que un coro de ranas. Perdonando la comparación, porque al menos las ranas saben que en los silencios está la clave del ritmo.

Cambiando de tema pero muy a propósito, si alguien ha notado, y creo que sí, he sido bastante parco en escribir sobre la administración de Monterrey y, especialmente, sobre el alcalde Luis Donaldo Colosio. He dicho si acaso que el joven me cae bien desde hace tiempo, aunque eso no significa que apruebe todo lo que hace o deja de hacer como funcionario público. La razón de mi silencio no es la simpatía, ni que trabajé para su administración por unos cuantos meses. Es que mi puesto fue básico y modesto: redacción y monitoreo. Nada qué ver con las estrategias de comunicación de altos vuelos. Mi renuncia fue por mi (mala) salud. Pero no nací ayer en el periodismo (y conste, no soy periodista, sólo un diletante), y pude notar aciertos, desaciertos, coyunturas, vicios y virtudes. No he abundado en opiniones sobre Luis Donaldo porque ni vivo en Monterrey, ni tengo datos duros para evaluar su administración. Pero el peso del cargo de Alcalde de Monterrey, a pesar de que se circunscribe a un municipio, es emblemático para todo Nuevo León. Tan importante como el de un gobernador, e incluso más cuando se sabe ejercer un liderazgo social en medio de la diáspora política que padecemos. Y dije liderazgo social, no político.

Luis Donaldo está en un punto estratégico para reforzar su peso como político, que antes debe ser social. Pero si el lugar es el correcto, también como en los coros de las ranas, hay que elegir el momento adecuado para iniciar el solfeo.

Lo que he notado es que, primero desde tímidas columnas se le señalaba como posible candidato a la presidencia en el 2024. Algunos medios han ido incrementando esa campaña hasta que ya se le considera presidenciable. Tanto así que la coalición opositora a la 4T lo usa para hacerle manita de puerco a Dante Delgado y sumar a Movimiento Ciudadano a las ruinas que quedan de Va X México (¿Imponiendo un candidato a MC?). En mi rancho a eso le llamamos “chantaje”. Luis Donaldo apenas si se ha pronunciado sobre ser presidente. Decía mi agüelo: “los que quieren ser presidentes, o son muy pendejos o son unos hijos de la chingada”. No sé si tras bambalinas Luis Donaldo se ha estado promoviendo, pero a ojos vistas su candidatura se ha estado creando a pesar de él, en columnas de opinión y notas. ¿Ocurrencias de medios y columnistas? ¡No lo creo! Todo indica que es presidenciable a pesar suyo. Es decir: una pieza de un ajedrez que él no controla. Para Va X México, un clavo ardiente; para Dante y los virgilios, una brocha naranja para seguir repasando la geografía nacional, no una presidencia. Y estos virgilios dirán mucho rollo, pero no conocen las entrecalles ni el código postal de las esferas del Paraíso ni las gradas del Purgatorio; de los círculos del Infierno seguramente sí.

Y digo yo, recordando a Octavio César Augusto. Si no se puede imponer a las élites por la fuerza, ni convencer a los ciudadanos con un buen marketing, mejor, como Nerón, tocar la cítara en Anzio mientras Roma se quema. Y entonces sí, exhibir sus virtudes romanas como mandatario y llegar a arreglar el desastre.