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Por José Jaime Ruiz

Guerrero griego en regio monte, Héctor ha sido el arquitecto de su propio destino y, ya no sé cuántas veces, del nuestro, sus asiduas o intermitentes audiencias. Héctor Benavides Fernández, el Arqui, ha construido una ruta única y, paradójicamente, plural: es una desgracia que entre los comunicadores y comunicadoras, el Arqui no tenga adeptos ni acólitos; por el contrario, entre quienes asistimos a su oficio de periodista –a pesar de sus terquedades, obvio– celebramos su reposada valentía y, sobre todo, su necedad por ser creíble. La credibilidad ante todo y, si me apuro un poco, la solidaridad con todos, pero acentuada con los desfavorecidos, los desplazados del sistema, los explotados, los acorralados por este mismo sistema de dominación económica, mediática y política.

Deonteológico, a Héctor no le interesan las entrevistas a modo, las entrevistas pagadas. Ajeno a la corrupción periodística, lo suyo es la Ética, así con mayúsculas. Agradezco demasiado la dedicatoria que me escribe en su reciente libro, “Casi 82 años… archivo de un reportero”. En realidad esa dedicatoria, que no divulgaré, lo traza como un periodista único en esta ciudad de mercantilismo y de derechas.

En Monterrey los periodistas están hechos a la medida de sus embutes, de sus chayotes empresariales y políticos. Son fácilmente comprables por una silla en las mesas del poder, pero dejaron de hacer periodismo para convertirse en propagandistas. El ejemplo moral de Héctor Benavides Fernández es claro: no prostituirse.

Al perder la voz, Héctor recuperó la voz, esa otra voz que nos hace ser maduros: la introspección de la sabiduría incrustada en el conocimiento. Como el griego, su nombre es combate. Apacible guerrero, ha ganado innúmeras batallas periodísticas y morales. En la historia de la televisión mexicana, la resistencia ética del Arqui tiene un lugar privilegiado: nadie lo puede comparar con los sometidos Jacobo Zabludovsky, Memo Ochoa, Joaquín López-Dóriga o Javier Alatorre. Ni se diga de los nuevos comunicadores, jóvenes senectos, esa opacidad grisácea que se pretende estentórea (excluyo a Gilberto Marcos, otro de mis maestros).

Emocionado, vi varias veces a Héctor en alguna cantina de la avenida Ocampo (él había desde hace mucho dejado el trago), leía La Jornada, principalmente, y otros periódicos del DF que llegaban a mediodía a un puesto de revistas de la calle Garza Sada. Muchacho de ocasión, me sentaba un rato a platicar con Héctor. Monterrey no le fue ajeno, el país, tampoco. Yo entero, él, enterado.

Señero, uno de sus amigos entrañables, Joel Sampayo, le escribe: “Mi Güero de oro: de pronto me animo y de pronto me desaliento porque, al ponerme a escribir, siento que estoy escribiendo mi epitafio. Comienzo a escribir y me freno, pero te juro que voy a reanudar ya la redacción, porque no sabemos en qué momento la vida nos va a decir: ‘hasta aquí’ (la referencia al cuento de Julio Cortázar es lúdica)”.

Cuando buscaste la Fe, Héctor, llegó el afecto, que es más importante que la Fe. La Fe nos deshumaniza; el afecto, humaniza. Desde tus programas y libros no provocas rupturas, aunque cuando se necesiten las asumes, provocas comunidad y eso importa porque quienes comulgan los domingos, muchos de ellos entre la semana son tiranos. Cátaro del siglo XXI, provocas comunidad y eso no es crítica a tu agnosticismo.

Me río, me sonrío, casi lágrima con alguna de tus anécdotas y de tus entrevistas. Decir que eres un referente es nada decir. El polvo de los tiempos hace arcilla, bendito-maldito, tu arcilla prolonga oídos y ojos y, aunque no lo hayas intuido, libertad. Abrir ojos y oídos, provocar que seamos libres, conscientes. Arqui, Héctor, este es mi homenaje; éste, mi abrazo. ¡Queremos tanto al Arqui…!

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// José Jaime Ruiz

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Autor: stafflostubos
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