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Por Félix Cortés Camarillo

Debo creer que desde los tiempos preclásicos cada nación tuvo una necesidad cíclica de admirar y aplaudir a sus atletas más destacados. Como todos los individuos excepcionales fueron y son una proyección de los sueños colectivos. En épocas recientes, particularmente el siglo dieciocho con el barón de Coubertin, la reinvención de los juegos olímpicos hizo renacer el epígrafe que aquí se cita. Más lejos, más alto, más fuerte. Juntos, se agregó luego en el siglo veinte.

México también ha tenido sus ídolos esporádicos. Desde el general Humberto Mariles que acabó detenido en París con un cargamento de droga hasta Ana Gabriela Guevara, medallista de plata en mediana distancia, veneramos a esos seres de excepción.

Lo que sabemos lo mismo tiempo es que esos individuos –o en el caso de otras disciplinas, esos colectivos– no siempre reciben el apoyo del Estado para poder acudir a las competiciones internacionales de su deporte. Paradójicamente, los mexicanos destacados en las disciplinas menos favorecidas, suelen regresar de sus torneos con medallas de oro y plata. Tal es el caso de las mujeres clavadistas o de natación estética, pero no es caso único. Muchos atletas dejan de participar en competencias internacionales porque no tienen dinero para acudir.

En todo el mundo hay dos universos deportivos y en México eso es particularmente claro. Desde que quedó en evidencia que el futbol soccer era un negocio que comienza por los derechos de transmisión de los partidos y termina en la venta de camisetas, los deportistas profesionales, desde el Canelo Álvarez o los seleccionados nacionales de futbol pertenecen a una privilegiada élite de altos sueldos y trato mayestático.

Existe el mundo paralelo de los deportistas que dedican su cuerpo y esfuerzo a la disciplina de su amor. Aunque esa inclinación afectiva les signifique aportar de su propio pecunio.

El gobierno de México, como suelen hacer todos los otros, mantiene un organismo para supuestamente impulsar el desarrollo del deporte amateur y patrocinar la participación de sus atletas en las competencias internacionales. Se llama la Conade y es presidida durante este sexenio por la señora Ana Gabriela Guevara.

Con alguna frecuencia, las deportistas mexicanas –extrañamente mujeres en su mayoría– se quejan de la falta de apoyo por parte de la Conade. Tienen que hacerse de fondos para comprar sus boletos de avión y pagar sus hoteles y viáticos, que debieron ser cubiertos precisamente por el organismo.

Mienten, dijo ayer la señora Guevara en la televisión. A las nadadoras se les ha dado cuarenta millones de pesos en el uso de las instalaciones y albercas para sus prácticas. Nada más eso nos faltaba, que tuvieran que ensayar sus piruetas en la tina de sus casas.

La mentira es una práctica que se ha fomentado en esta administración del presidente López. Tiene el agravante, desde su cabeza hasta los últimos extremos, del cinismo. En el caso de la Conade es escandaloso.

PARA LA MAÑANERA (Porque no me dejan entrar sin tapabocas): Yo no sé si el famosísimo Güero Palma, asesino supuesto y cruel ejecutor de sus competidores, haya pagado ya su deuda con la sociedad después de un cuarto de siglo en el bote. Lo cierto es que, pese a decisión judicial de que debe recuperar su libertad, no lo hará. Por lo menos no en este sexenio. Porque lo dice el Señor. Con pasmosa velocidad, el presidente López manda hacer una nueva orden de aprehensión una nueva carpeta de investigación, lo que haga falta.

A veces suelo pensar que lo importante no es lo que dicen los delincuentes, sino lo que callan.

‎felixcortescama@gmail.com

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// Félix Cortés Camarillo

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Autor: stafflostubos
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