Por Eloy Garza González.

El tipo de gobernante que ejerce su dominio intolerante amparado en su cargo, no es una anomalía: es una constante histórica. Y más allá: es el tipo más frecuente entre estadistas. Hombre fuerte, megalómano, este tipo de gobernante no sólo impone su voz de mando: anula el pensamiento ajeno y lo descalifica. Anula al contrario, bloquea lo opuesto.

Entre ciertos segmentos sociales, el hombre fuerte es una figura fascinante: produce una mezcla de admiración, reverencia y atracción. Estos segmentos sociales se tienden como cachorros a cubrirse bajo la sombra del megalómano, a vivir en su penumbra un sentimiento difuso de protección. Aprenden las reglas no escritas del vasallo: no discrepar, no disentir, acaso fingir que libremente coinciden como por casualidad con las ideas (o las impresiones subjetivas, más bien) del férreo líder, del padre espiritual.

Es curioso: entre los 50 millones de hispanos que pueblan los Estados Unidos, existen quienes respaldan las posturas antimigrantes de Donald Trump. Como si vivir legalmente en ese país les diera una superioridad moral, un derecho de sangre que corrigiera sus “fallas de origen étnico”. Igual controversia – ahora en el plano de la libertad de expresión – pasa con el gremio periodístico. Muchos representantes de medios han dejado de fijar su posición ética, para levantar registro frío de los hechos.

Sorprende que, al correr Donald Trump a varios periodistas de sus ruedas de prensa, sus colegas se limitaran a ser testigos mudos de la afrenta. Ya no digamos que alguno abandonara la sala en respaldo a los reporteros expulsados. Rostros impasibles, pétreos. “Siéntese, no le he dado la palabra”. Es decir, yo, el hombre fuerte, decido discrecionalmente a quien ceder la voz. Yo, el hombre fuerte, te ordeno retornar a tu medio hostil a mí, opositor a mí. Enemigo mío.

La escena incomoda al más plantado: un cacique despotricando en contra de reporteros, de quienes no piensan igual que él. La imagen de periodistas sacados a empellones de un lugar público, por un gorila gigantón que responde al gesto del mandatario prepotente, queda grabada en un país de Primer Mundo, con actitudes que lo remiten peligrosamente al racimo de países bananeros. Eso no pasa en México. De verdad. Aquí las cosas con AMLO son distintas. ¿O no? ¿Lo seguirán siendo por mucho tiempo?

eloygarza1969@gmail.com

@eloygarza

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