Por Félix Cortés Camarillo.

No me llores, no; no me llores, no;

Porque si lloras yo peno.

En cambio si tú me cantas

Yo siempre vivo y no muero.

La Martiniana, son del Istmo, con letra que se atribuyó Andrés Henestrosa.

En algún lugar de los Estados Unidos que yo me sé porque cerca de ahí tuvimos nuestra casa Bertha y yo, un tal José Rómulo Sosa Ortiz, cuatro años menor que yo, carente ya de lo que fue su principal patrimonio, su voz, y añorando aquello de lo que más presumió: compañía de amores y de amigos, está esperando la muerte. Me acordé mucho de José José ayer. Fue la más privilegiada de las voces en la música popular del México reciente, muerto ya Pedro Vargas. Le inventaron el mote ridículo del príncipe de la canción, pero es un gran cantante.

Ayer cremaron en Madrid los restos de Camilo Sesto, que tampoco se llamaba así sino Camilo Blanes Cortez, la más privilegiada de las voces españolas de nuestra generación. Julio Iglesias, de origen futbolista, cuando en México, nos confesaba en corto “yo no vendo voz, vendo estilo”. Raphael sabía que él era un performer de un producto escénico perfectamente diseñado que jugaba con el mito de la sexualidad ambigua y canciones de corte machista.

Camilo Sesto era a la vez de una voz de privilegio –hizo un gran Jesucristo Superstar– un compositor de más de cinco centenares de tonadillas para cantantes afamados, entre ellos José José. Murió, lejos de su Valencia, de ese mal al que todos debemos temerle, la soledad, y que será el mal del que muera, cuando tenga que ser, mi compa José José.

En uno de sus poemas tempranos Octavio Paz escribe que hay que vivir para dar vida a los vivos y a la vida y “enterrar a los muertos y olvidarlos, como la tierra los olvida… en frutos”.

Fructifica en paz, Camilo.

José, ya renuncia a tus angustias.

PILÓN.- Cada vez que se informa de un temblor en la Ciudad de México, gente que me aprecia pregunta si no estoy muerto, aunque yo ande en Connecticut: ya hubo un antecedente en 1985 en que, sin consultarme, me dieron por muerto.

Además de matar gente los sismos y todos los fenómenos naturales que los gringos llaman “Acts of God” como si Dios, a quien atribuimos que nos ha dado todo, nos haya quedado a deber, tienen la enorme virtud de poner al descubierto los pecados de la corrupción. En los grandes sismos del centro de la república, notablemente sólo se derrumban las casas construidas con fondos provistos por el Estado, las que son más propicias a que sus constructores hagan pasar alambre del ocho por varilla del 32.

De la misma manera, un pinchurriento aguacero en Monterrey no ahoga gente ni derrumba casas.

Saca, eso sí, la basura que la gente guardaba en sus viviendas y la saca a la calle para tapar alcantarillas que causan inundaciones.

Sobre todo, descubre las capas guangas de chapopote aguado con grava deslavada para tapar los baches que volverán a resurgir en la próxima llovizna.

La máxima regiomontana dice: en el bacheo está el negoceo.

felixcortescama@gmail.com

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