Por José Jaime Ruiz

@ruizjosejaime

En una columna publicada en el lejano 10 de agosto de 2018 me preguntaba: “Marcelo Ebrard, ¿el próximo Videgaray?”. Apunté en ese momento:

“La carrera de Marcelo, dentro de la transición gubernamental, sigue en ascenso. La excusa de su próxima reunión con Luis es Relaciones Exteriores, pero los temas secretos irían más allá porque nadie como Videgaray conoce los recovecos de este sexenio y la trasición exige no sólo fotos, sino rendición de cuentas entre el gobierno saliente y el entrante.

“Ebrard, bajo la anuencia de Andrés Manuel, se está convirtiendo en un eje de la transición. De la transición política, por supuesto, desplazando a la próxima secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, y al próximo jefe de Gabinete, Alfonso Romo”.

(…) “¿Marcelo se está convirtiendo en el próximo Luis Videgaray del sexenio que viene? No”.

“Marcelo es una pieza clave del próximo gobierno, pero no, no será un nuevo Videgaray. El estilo personal de gobernar de AMLO es muy distinto –qué bien– del de EPN”.

Hasta aquí lo publicado en agosto de 2018.

Ahora, a principios de 2019, surge de nuevo el tema de la “Vicepresidencia” de Marcelo Ebrard. Lo tocan hoy en sendas columnas Francisco Garfias y Salvador García Soto. Uno en Excélsior, otro en El Universal.

Para Garfias, Marcelo Ebrard es el segundo político más poderoso de México. García Soto compara, en poder, a Marcelo con el sexecretario de Hacienda y Relaciones Exteriores, Luis Videgaray en su columna “Del Vicegaray al Vicebrard”. El político más visible e influyente, lo consideran muchos en la actualidad.

Por mi parte, sigo considerando a Ebrard como un político completo que, sin embargo, no considera un halago que lo llamen vicepresidente o que lo quieran medir con esa vara del pasado sexenio. “Tenemos mucho presidente y no necesitamos un vicepresidente”, dijo, correcto, ante el Senado.

Las diferencias entre Luis Videgaray y Marcelo Ebrard son esenciales. Como lo son las de Andrés Manuel López Obrador y las de Enrique Peña Nieto en su estilo personal de gobernar. Peña Nieto dejaba muchos vacíos: habitar en Los Pinos, affaires, golf, le desapasionaba gobernar; López Obrador los colma todos desde Palacio Nacional o desde sus giras semanales.

Cualquier tarea que realice Ebrard está supervisada por Andrés Manuel, quien le tiene “toda la confianza”. Así sea el T-MEC, el asilo de Evo Morales, la política migratoria, la seguridad por el caso de la masacre de la familia LeBarón… Y no, no es necesario que supla en Seguridad a Alfonso Durazo, al menos no en estos meses. Mi respuesta de hace más de un año sigue siendo válida: “¿Marcelo se está convirtiendo en el próximo Luis Videgaray del sexenio que viene? No”.

Menos con un presidente totalmente palacio, totalmente 24/7 de 4T.

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