Por Félix Cortés Camarillo

La primera medalla de oro que ganó México en unos juegos olímpicos fue en 1948 en Londres; eran las primeras olimpiadas después de la Segunda Guerra Mundial, y el entonces Teniente Coronel Humberto Mariles Cortés montó a un caballo que era por cierto tuerto, y que bautizaron como Arete por una perforación que tenía de origen en una de sus orejas, y Mariles ganó el primer lugar en salto individual y en salto por equipos.

Fue una gloria nacional.

Ya ascendido a General, en 1964, Mariles tuvo un percance -vamos, un cerrón de carros- en la ciudad de México, se hizo de palabras, sacó la pistola y acabó el conflicto a la mexicana: mató al otro sujeto. Le sentenciaron a 20 años de prisión, de los que purgó siete si no me equivoco.

Entonces se fue a París, por razones poco claras.

Lo que sí es claro es que comía en París con dos clasificados franceses narcotraficantes en 1972 y fue detenido acusado de narcotráfico. En diciembre de ese año se le encontró muerto en su celda. Los franceses dicen que fue suicidio, los demás creemos que fue envenenamiento por lo que le sirvieron en el desayuno.

Vaya usted a saber.

De esa manera el general Humberto Mariles Cortés pasó de gloria nacional a vergüenza mexicana.

Recuento todo esto por el caso del general Cienfuegos, quien fuera cacarizo secretario de la defensa con el presidente Peña Nieto, a quien no se le ha tocado ni con el pétalo de una sospecha en las denuncias de la porquería del pasado que hace diariamente el presidente López.

Pero no solamente por eso.

El asunto del general Cienfuegos manda un mensaje que los mexicanos tenemos que entender. El presidente López no tenía idea de la investigación que la DEA estaba conduciendo en contra del importante mílite. Se enteró, diga lo que diga, hasta que el carnal Marcelo le comunicó lo que el embajador de los Estados Unidos le había dicho, y cuando el general en retiro ya tenía puestas las esposas. El mensaje es muy claro y se dice explícitamente en la solicitud de trasladar el caso a la corte de Brooklyn: el gobierno de los Estados Unidos no le tiene confianza al de México y lo considera corrupto y cómplice del delito.

Eso, que tiene sustento, no debe cambiar la percepción de los mexicanos hacia sus soldados.

Hay razones comprensibles y poderosas para que los mexicanos tengamos entre las instituciones más respetadas a las fuerzas armadas, la iglesia y después todas las demás; entre las últimas están, por cierto, los legisladores.

El verde olivo es un color respetado y admirado, tal vez temido, por todos los mexicanos.

Es cierto que de ese uniforme han vestido presuntos delincuentes como Humberto Mariles o Salvador Cienfuegos, hoy reo en los Estados Unidos. Pero de la misma manera que la sotana no califica como agravante, el uniforme militar no condena a penalidad.

Dentro de las fuerzas armadas puede haber individuos putrefactos. De la misma manera, en el clero hubo un Marcial Maciel y muchos otros pederastas y delincuentes que no descalifican por su conducta a la comunidad completa. Lo mismo pasa con las fuerzas armadas.

Vámonos respetando.

PREGUNTA para la mañanera porque no me dejan entrar sin tapabocas: con todo respeto, Señor Presidente, ¿No le tiene confianza el gobierno de los Estados Unidos como para que le hubiera contado lo del general?

‎felixcortescama@gmail.com