En el final de los tiempos dejarán de imprimirse los diarios, los noticieros transmitirán en vivo el caos y la muerte, nos encerraremos en nuestras casas. Sin luz y sin internet. Una gripe aniquilará a la mayor parte de la población. Quienes sobrevivan, conocerán la ley del más fuerte, sabrán que el egoísmo es la única fórmula para sobrevivir, publica MILENIO.

Station Eleven (Estación Once), serie transmitida por HBO y basada en el libro de Emily St. John Mandel (publicado en 2014) recrea los momentos críticos de una especie humana a punto de desaparecer por el poder de una gripe. No es una lenta agonía, las cosas suceden de pronto, sin control, como una tormenta. Los hospitales se saturan, los gobiernos pierden el control de la situación y la gente huye y muere en las carreteras.

“Llegó la gripe, que explotó como una bomba de neutrones en la superficie de la tierra, y después vino el shock del desmoronamiento, los primeros años indescriptibles en los que todo mundo iba a alguna parte, antes de que calara la idea de que no había ningún lugar al que se pudiera ir donde la vida continuara como hasta entonces, y por fin la gente formó grupos por seguridad y se fue asentando donde pudo, en apeadores de camiones, antiguos restaurantes y viejos moteles”.

Desde los escombros emergerán la música y Shakespeare, porque “la supervivencia es insuficiente”. La “Sinfonía viajera” esparcirá el arte en una ruta desolada, interpretarán a Shakespeare para los sobrevivientes.

“Veinte años después del final del transporte aéreo, las caravanas de la Sinfonía Viajera avanzaban lentamente bajo un cielo ardiente”.

Libraban los obstáculos de la naturaleza, las nuevas tribus hostiles y se enfrentaban a líderes mesiánicos, profetas que se creían poseedores de nuevos poderes e hipnotizaban a sus nuevos súbditos, niños capaces de matar e inmolarse.

El gran reto de Station Eleven era contar una historia que hemos visto muchas veces. Su acierto: una eficaz narrativa, personajes entrañables, hechos para sobrevivir a la pesadilla del fin de la civilización y volver a luchar contra los lobos, retornar a la ley de la jungla, a las habilidades primarias.

Uno de sus personajes, preso de la angustia, acompañada de su respectivo ataque de pánico, piensa: «No sé cazar, no sé pescar». Apenas hace unos días podía caminar por la calle, subirse al metro, comerse una hamburguesa, ahora tiene que buscar la comida con sus propias manos, luchar en la intemperie, matar para sobrevivir, tienen que renacer sus instintos más primitivos.

Le pregunté al doctor en Sociología y catedrático de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Alejandro Peña, por qué tenemos este empeño en imaginar cómo será el fin del mundo, en consumir este tipo de productos culturales. La idea del fin del mundo, dijo, de maneras diferentes, “aparece en muchas culturas. Puede pensarse como un mito cuasi universal de las sociedades. En la cultura occidental moderna, secularizada, representa el riesgo mayor y último: la muerte o la nada, la pérdida, la anulación completa. Los relatos en películas y series sobre esto, creo, juegan con la fascinación de ese riesgo e, igual de importante, con las pequeñas y grandes historias de superación de ese riesgo (como individuo, pareja, familia, comunidad). Es como una especie de conjuro o exorcismo de ese miedo profundo. Un miedo constantemente alimentado por un presente inminentemente catastrófico desde, al menos con total claridad, la Segunda Guerra Mundial”.

Los sobrevivientes se pertrechan en el último rescoldo de la civilización: un aeropuerto. Conservan los últimos recuerdos de una era que creyó dominarlo todo y ahora se aferra con uñas y dientes a su Museo de la Civilización y a las palabras de Shakespeare, a las palabras de una obra que habla de poder y traición: «Querido Hamlet, sal de tu penumbra y mira a Dinamarca con ojos de afecto. No quieras estar siempre, con párpado abatido, buscando en el polvo a tu noble padre. Sabes que es ley común: lo que vive, morirá, pasando por la vida hacia la eternidad».