Por Francisco Villarreal

En casa ya nos invade el fervor patrio. Bueno, en realidad ya estábamos tricolores desde hace meses. Verde marchito por la escasez de agua; rojo violento, por lo mismo; y blanco anémico por lo caro de todo, desde la canasta básica hasta los servicios, incluyendo los recibos de agua y electricidad. Afortunadamente mamá no quiere festejar el Grito con chiles en nogada (“chilitos dulces y aguados”, dice), sino con unas muy democráticas enchiladas. Para ser franco, yo tampoco adoro los chiles en nogada. Ese platillo me parece muy “fifí”, dicho sea sin las connotaciones político-facciosas que ahora tiene el término. Reunir los ingredientes no es barato, sobre todo para los ortodoxos que exigirían pera lechera, duraznos de Huejotzingo, granadas, acitrón (no chilacayote), almendras, piñones, nueces de castilla y crema de leche verdadera. El ya entonces conocido postre virreinal (era dulce y no llevaba carne) fue servido por unas monjas oficiosas durante una comida para Agustín de Iturbide en agosto, no en septiembre, cuando todavía no era ni el libertador, ni el ÚLTIMO emperador de México (Maximiliano nunca lo fue legítimamente… ¡qué pena arruinarle la ilusión a tanto monárquico aspiracionista!). La decisión salomónica de mamá pinta más barata e igual de patriota: lechuga verde, queso blanco y tortillas rojas. Todo sea por satisfacer esa labarofagia que padecemos en estas fechas.

En casa tampoco nos entusiasma darle duro a la música de mariachis para anunciar nuestro feliz mestizaje mexica-hispano. El noreste tradicional es sobrio hasta en la música. Tan mexicano-mestizo es el “Son de la Negra” como “Evangelina” o “El Revolcadero”. Sí pasa don Manuel Bernal recitando “Suave Patria”, López Velarde no caduca. Lo que no podemos impedir es que en radio y TV se nos sature de esa imagen vistosa y turística del charro, la china cada vez menos poblana, y el jarabe tapatío con mariachis jalisquillos, para felicidad de Enrique Alfaro. Desafortunadamente para ese gobernador, y para el nuestro, no coincide el colorido con sus propios colores, no más que algún listón anaranjado o un imperceptible remate bordado. El PRI sigue ostentando los colores patrios, aunque está visto que el truco de relacionar a la patria con el partido ya no les funciona. Menos ahora con un sujeto tan poco recomendable como su líder nacional. Robespierre presidiendo el Comité de Salut Public fue menos dañino para la Revolución Francesa que Alito, y su (de él) Consejo Político, para la revolución institucional.

El usufructo patriota del PRI acabó. Las virtudes revolucionarias se percudieron durante la dictadura del partido, se enzoquetaron en la alternancia, y se deshilacharon en sus alianzas, sobre todo en esta última que, dicen, está “pausada”. En la vieja Roma eran muy cuidadosos con eso de las virtudes nacionales. Hay un montón de historias que ejemplifican la probidad de los romanos. Cuentan los historiadores romanos que el procónsul Marco Servilio Cepión ya estaba harto del escurridizo y aguerrido líder luso Viriato. Para deshacerse de él ofreció dinero a tres fulanos guadalquivenses. Los tipos mataron a Viriato y fueron a cobrar su paga. Sólo que ya había otro procónsul, Quinto Servilio Cepión (hermano de Marco), quien diz’que dijo “Roma no paga a traidores”. La historia es poco creíble y tiene muchas variantes, pura propaganda política. Seguramente los tres matones vivieron muy felices y ricos.

Toda proporción guardada, otro Marco (esta vez con K), también hizo migas con aliados poco recomendables. Alito había cumplido con su parte, hasta que se aferró, sospechosamente, a una iniciativa que no les cayó en gracia a los pupilos de don X. La ruptura temporal de esa absurda y contraproducente alianza, deja la posibilidad de reincorporar al hijo pródigo en Vamos X México. O bien, negociar candidaturas o posturas comunes en los debates legislativos. Alito ha traicionado a los ciudadanos imponiendo posiciones y moratorias según su cuestionable obediencia a la alianza. Luego, Alito ha traicionado a la alianza bajo las muy sospechosas circunstancias de su descrédito nacional, que embarran a su partido. Alito, como líder nacional del PRI, ha convertido al PRI en cascajo similar al descolorido PRD. Con ese liderazgo, el PRI no es un partido fiable para la alianza morenista, ni para la oposición orquestada por don X, ni para el resto de los partidos más o menos autónomos. Peor aún: el PRI ya no es un partido que inspire confianza a los electores. Indiscutible que con o sin el PRI (el de Alito, no de los priistas), el PAN (el de Marko, no el de los panistas), tiene pocas posibilidades en las próximas elecciones. La alianza se desnuda. El PAN es el proconsulado de don X, el PRD es una obediente rémora, y el PRI es un mal innecesario. En campaña, cada candidato del PRI deberá deslindarse tanto del liderazgo de Alito como de la desarticulada “oposición”. Cualquier triunfo priista, si lo hay, será a pesar de Alito, no por él. En el propio PAN hay voces que, si bien no renuncian a alguna alianza ni a su postura crítica ante este régimen, sí se muestran más sensatos y sin necesidad de humillarse. Mauricio Kuri, por ejemplo. Y ojalá no sea el único panista que entienda la diferencia entre lo objetivo y lo patológico. Ejemplo que deberían revisar los priistas. Porque a lo mejor Roma no pagaba a los traidores, pero México sí paga las traiciones, y no les va a gustar mucho con qué moneda. Ahí está el emperador don Agustín I, que no me dejaría mentir. Ni un diabético chile en nogada endulzaría su vigilia antes de ser fusilado bajo el cargo de traición.