Por Eloy Garza González.

Con el pianista Juan José Calatayud me unió una buena amistad hasta su muerte en 2003. La última vez que lo vi, tocaba un Take Five más para el gusto del vulgo, que por inspiración, acompañado de un saxo tenor de buenos pulmones, un baterista de la vieja guardia, animoso y protagónico y un bajista discreto. Recuerdo que el estándar de Brubeck resultó monótono pero Calatayud lo había remediado con un buen sólo de resonancias flamencas.

Digo que Juan José fue buen amigo, a pesar de la diferencia de edad. Cada semana, martes y jueves, a finales de los noventa, tocaba en el New Orleans, un pub maloliente y sucio sobre Avenida Revolución, al sur de la ciudad de México, y los fans lo ayudábamos a bajar de su camioneta con su silla de ruedas, hasta subirlo al escenario (en 1965 Calatayud chocó su carro en la carretera camino a Córdoba, Veracruz, contra un camión cargado de varilla y perdió la movilidad de ambas piernas). Ya sentado frente a su teclado y a pesar de su paraplejia irremediable, volaba con su música por la estratósfera del local como marchista olímpico, burlándose de su lesión medular. Juan José fue en verdad un portento: grande entre los grandes.

Era veracruzano, y a ambos nos amparó el signo de Cáncer, pero a él lo dotó de inspiración zodiacal para improvisar arpegios con unos dedos largos y pecosos que competían con el Nosferatu de Murau. Se alojó muy joven en la ciudad de México, y ahí aprendió a interpretar un repertorio ecléctico, lo mismo a Claudio Arrau, que a Mabarak, Schostakovich y Oscar Peterson, negro incomparable que ya de viejo, con una parálisis cerebral que también lo dejó lisiado de medio cuerpo, tocaba el piano con su mano izquierda, con tal virtuosismo que parecían dos.

En el cénit de su carrera, Juan José se mecanizó un poco, pero no dejó de ser un prodigio de la música. Sabía leer bien las partituras y por eso fue solista de la Sinfónica Nacional y de la Filarmónica de la UNAM, aunque lo suyo fue el jazz, porque tenía, para bien o para mal, el alma negra, y le chorreaba el swing por las uñas y los dedos pecosos mientras tocaba esa misa creada por él que tituló “Soul Mayor” y aquel ballet, de buena factura y feo nombre: “Jazzofonía ballet”. Ahora nadie las toca, más por ignorancia que por cambio de modas.

Lo última vez que lo vi estaba deprimido, como si presintiera su muerte. Solía visitarlo dos veces por semana y me gustaba el empeño con que embestía el teclado con una pericia de jazzman negro. De lo mejor que tuvimos en México en ese género. Pero debía fatigarse más de lo normal por estar en una misma posición a lo largo del día. La enorme silla de ruedas, rígida y oxidada, lo recubría como un caparazón de hierro y hule. Había estoicismo en su cuerpo y un desprendimiento de ave en sus manos diestras. Vibraban sus lentes a la par que la música y emitía unos sonidos guturales.

La víspera de su muerte lo despedí de la velada con poco entusiasmo de su parte y me tendió la mano cansina, sudorosa; ave acurrucada al final de la faena. Sin embargo, esa noche, Juan José Calatayud tocó en trance, para un par de noctámbulos borrachos, como quien se despide resignadamente del mundo y presiente que estará unos días después metido en una caja de roble y sólo será recordado muchos años más tarde, con la dulce nostalgia de las horas muertas.

eloygarza1969@gmail.com

@eloygarza

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.