Por Félix Cortés Camarillo

Me vale madres que tú ya no me quieras

me vale si no tengo tu amor…

Probablemente fueron varios los consejos que a Joe Biden le dio la señora Hillary Clinton en torno a las elecciones del martes. La más importante es, sin duda, cuando le recomendó que por ningún motivo reconozca la derrota.

Gane quien gane la presidencia, lo hará por un margen muy escaso, históricamente reñido. Podría darse el caso de que el triunfador tenga 270 votos electorales frente a 268 de su oponente. Cualquiera que sea el resultado, la principal baja son las instituciones y el prestigio de las instancias democráticas de los Estados Unidos, y la unidad (e pluribus unum, dice el lema nacional de esa gran nación) tan necesaria en estos tiempos de crisis de sanidad y economía.

El principal instigador de esta molesta y peligrosa situación es el presidente Trump, en su búsqueda de la reelección. Con mucha antelación declaró que si los resultados de las elecciones del pasado martes no les son favorables, los desconocerá, y denunciará fraude. Conforme en las últimas horas Joe Biden ha ido sumando votos electorales a la avasalladora avalancha de votos populares en su favor, Trump se ha proclamado victorioso mucho antes de tiempo, ha pedido que no sean contados los votos emitidos con antelación y los votos enviados por correo; yendo a la cabeza en los números en el muy importante estado de Pennsylvania solicitó el recuento de los votos en ese estado.

Su mensaje es claro: si no gano yo, no gana nadie. Me vale madre: ¡Al diablo con las instituciones!  ¿En donde me parece que escuché algo parecido?

La multiplicada información en torno a las elecciones norteamericanas y su sistema nos han confundido más de lo que ya estábamos, induciéndonos a pensar que asistir a las urnas allá carece de importancia, porque los votos que cuentan son los de los grandes electores, esos misteriosos y desconocidos personajes.

La cosa es mucho más sencilla. No existe una elección presidencial: hay cincuenta pequeñas elecciones para presidente, una por estado. Los votos electorales de cada estado se entregan -en algunos casos se reparten- al partido que haya recibido más sufragios en ese estado.

La irregularidad reside en que ante la Constitución, todos los estados de la Unión son iguales. El asunto es que hay unos más iguales que otros; por eso hay diferencias enormes en el número de votos electorales que tiene un estado frente a otro.

El asunto se remonta a la fundación de los Estados Unidos. Aquellos que los norteamericanos llaman los padres fundadores (Washington, Jefferson, Franklin, Adams) previeron que el voto urbano iba a ser más razonado y razonable, mientras que los hombres del campo son menos instruidos y más proclives a ser engañados por el verbo fácil de los demagogos. De esta suerte, los estados con una población urbana más nutrida recibieron una mayor asignación de votos electorales.

Así las cosas, este fin de semana no tendremos presidente electo aunque se hayan contado todos los votos: el caso acabará en la Suprema Corte, que está inclinada hacia Donald Trump.

Parecería que el consejo de Hillary Clinton de hace cuatro años no le fue dado a Joe Biden sino al presidente Donald Trump: no aceptar la derrota.

PREGUNTA para la mañanera porque no me dejan entrar sin tapabocas: con todo respeto, Señor Presidente, ¿Será Usted el primer mandatario extranjero en felicitar al presidente electo Joe Biden, dado el caso?

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