Por Félix Cortés Camarillo.

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Lo más difícil de aprender en nuestros tiempos -y casi a diario en mi oficio- es la diferencia entre realidad y percepción. Entre lo que realmente es, y lo que decidimos nosotros que es.       

            Tomemos un ejemplo simple: hace muchos años, el pronóstico del tiempo era algo inútil y prescindible en los periódicos (ceja superior de la derecha de El Porvenir) o breve pieza en los párvulos noticiarios. En mi tierra, todos sabíamos que en Febrero hacía un frío inclemente, y en Junio un calor de la chingada; pero eso era obvio. En esos lejanos tiempos, en la Ciudad de México, había que usar suéter en la mañana, quitárselo al mediodía, usar paraguas a las cinco de la tarde y volver al suéter camino a casa. Fácil ¿no?

            Los meteorólogos de hoy, además de imágenes tomadas desde satélites, nos hablan por hora y por regiones específicas, no solamente de la temperatura que se ahí se registra sino de la percepción térmica que tenemos. Mercurio dice 29; yo me estoy asando a 34. Y así.

            Entre lo más importante que he aprendido en esto de contar y cantar las cosas que pasan, está que la percepción siempre sustituye a la realidad. La vida no es que lo que vemos frente a nosotros sino lo que queremos ver y lo que pensamos que es.

            Por ejemplo, no hay certeza, ni modo de adquirirla, sobre el más importante problema que México tiene que enfrentar hoy, y ya: la delincuencia, organizada o no, es la que manda en este país. Una veintena de muertos a bala diarios, armas de todo tipo en manos de los narcos, candidatos, amenazados, acechados o muertos a balazos. Diga lo que diga el presidente López, para quién las preocupaciones del poder son los medios críticos de su conducta, la traición de la clase media que no admite, pero sabe, que lo llevó al poder, o el retraso de sus programas de asistencia social que necesitan transfusión de emergencia de los gobiernos estatales, el verdadero asunto es uno y simple:

            La mayor y más importante extensión del territorio mexicano está controlado por el crimen, que siempre está organizado.

            No necesitamos que nos los diga un estudio o un diario de los Estados Unidos. Lo vemos todos los días en lo que en mis inicios se llamaba nota roja, y hoy es simplemente nota principal o primera plana.

            Pero, aunque usted no lo crea, puede que haya una solución, que me permito recuperar de la memoria para acabar con el imperio del mal en este país. Aunque me temo que nos va a terminar de joder.

            El presidente López no puede olvidarse del cómo.

            En agosto de 2002, hace 19 años, una empresa de Nueva York que se llamaba Giulliani Partners (hoy es Giulliani Security & Safety) firmó un contrato con el gobierno de la Ciudad de México de asesoría, para acabar con la tremenda delincuencia en la capital mexicana. El dueño de esa empresa se llama Rudolph Giullani. Donald Trump le dice Rudy porque fue su abogado personal, y pue´que siga siendo su amigo.

            Rudy fue alcalde de Nueva York entre 1994 y 2001, y cobró fama por implementar ahí una guerra al crimen, cero tolerancia ante la delincuencia. Con esa guerra violenta al crimen, tuvo resultados visibles. Bajo el efecto de esa publicidad, el gobierno de la Ciudad de México, en el 2002, vio en Giulliani tal vez la solución a la violencia capitalina y se trajo su método al DF.  El monto del contrato con el gobierno de la Ciudad de México fue de cuatro millones 300 mil dólares, aunque oficial e inicialmente se dijo que eran solamente dos millones de dólares. El Washington Post reveló la cifra real.

            La versión oficial, es que los encargados de pagar esa lana fueron los capitostes de la iniciativa privada mexicana. Se dijo, inicialmente, que fue Moisés Saba el principal, cosa que pongo en duda; otras versiones apuntan al Ing. Carlos Slim, con mayor congruencia a ojos vistas.

            Lo cierto es que la firma del señor Giulliani cobró lo que le hayan prometido,  y a cambio entregó al gobernador del D.F. absolutamente nada. Un documento con 46 sugerencias sobre seguridad en la ciudad, mayormente  con la recomendación de  suprimir la corrupción en los cuerpos policíacos. Hasta donde yo recuerdo ninguna de esas sugerencias son realidades, a cambio de cualesquiera que hayan sido millones de dólares. Las cifras, los orígenes y los destinos de tanto dinero debieran ser, a mi juicio, objeto de indagatorias de Estado. No lo han sido.

            Hasta ahí.

            Regresemos al futuro.

            La semana pasada, en 2021, un juez acaba de determinar que Rudolph Giulliani no puede ejercer como abogado en el estado de Nueva York, por haber mentido sobre la campaña de su amigo Donald Trump. Todo esto tiene que ver con los negocios particulares que Gilluiani y el yerno de Trump,  Kushner tienen con Ucrania, gobierno al cual Trump acusó de haber intervenido en las elecciones presidenciales norteamericanas.

            Que perdió Donald.

            Ahora, en agosto del 2002, cuando Giulliani firmó su jugoso contrato, el jefe del departamento del Distrito Federal se llamaba Andrés Manuel López Obrador y su jefe de seguridad se llamaba Marcelo Ebrard Causabón.

            Creo que no han cambiado de nombre.