Por José Francisco Villarreal

Ya hace muchos años que me divorcié de Erató, hasta me da nostalgia. En realidad era un amasiato, pero mi ahora “ex” siempre ha sido una musa muy clásica-medio-aspiracionista y cuida mucho las formas, por eso pidió divorcio. El descontrato fue justo: le dejé a los vástagos que procreamos que, la verdad, son bastante feítos (un par de libros y publicaciones sueltas), y yo me quedé con el bolígrafo y la máquina de escribir. No se había estrenado “Frozen”, así que no canté “Libre soy” como Elsa, pero el repertorio de José Alfredo es muy vasto, así que festejé con unas cervezas bien “frozen” la libertad de escribir de lo que se me pegara la gana sin tener que tartamudear entre sílabas, hemistiquios cesurados, metáforas, imágenes, estrofas y toda esa cantaleta de la Poesía.

En aquellos tiempos el mundillo literario local era intenso pero creo que más bien disperso. La creación es un acto normalmente solitario. Tuvieron que pasar muchas cosas para que se llegara a establecer una idea más o menos sólida de gremio y que se establecieran asambleas de artistas y otros personajes periféricos del arte. Se tuvo también que forzar al estado a involucrarse en la promoción, conservación y difusión del arte, considerando que es también un patrimonio de la comunidad.

Todo esto lo vi de lejos. Por fortuna, porque tenía yo energía pero no paciencia para tolerar las inquinas entre artistas, muchas de ellas gratuitas. No eran raras las facciones que ni siquiera eran por estilos o ideología, sino por coincidencia de intereses extraculturales, patrocinios o simples fobias. No hablaría yo por otros gremios, pero para escribir poesía, así sea tan mala como la mía, el poeta sólo escribe, reescribe, borra, tacha, revuelve a escribir… Su gremio debe ser su taller nada más, no una pandilla de reventadores.

Digo esto porque para poder organizarse tuvieron que esforzarse mucho luchando contra sus egos y su soberbia (que es bastante, mucho, muy común). Tal vez la colcha de parches que cobija al arte en Nuevo León no sea perfecta, esté mal hilvanada, pero está ahí, es un hecho. No la hizo la bondad de los gobiernos, sino el esfuerzo de los artistas. Cada paso dado, cada espacio ganado, es irrenunciable.

Por eso me parece que el intento oficial desde de replantear la función de la Casa de la Cultura es una agresión a los gremios artísticos, al arte y a la cultura misma. Entiendo los criterios utilitarios que pueda regir a la administración pública. Sólo que la Casa de la Cultura de Nuevo León no entra en esos criterios, porque el estado no debe y mucho menos puede administrar la cultura. La función del estado (y los municipios), es la creación, conservación y mantenimiento de espacios culturales; su uso y la determinación de sus funciones debe responsabilidad de creadores artísticos y promotores culturales. El director del recinto, Pedro de Isla, así sea un escritor, no está correspondiendo al interés de todos los gremios, ni siquiera a uno sólo de ellos.

No estoy al tanto de los detalles de la barbaridad que pretenden cometer. Obviamente el director de la Casa de la Cultura no está manejando criterios culturales sino empresariales de los que incluso diría que no son nada claros. Y si la reacción de muchos artistas ha sido en general en contra de su propuesta, quiere decir que esa propuesta no responde al interés legítimo de los gremios sino a una simple orden administrativa oficial. No sé si esto es parte del nuevo Nuevo León que quiere el gobernador García, pero tratar de imponer la hegemonía del estado en las expresiones artísticas, sólo llevará a una cosa: hacer inaccesible al Arte.

He leído dos textos al respecto. Uno es de Zaira Eliette Espinosa y otro de Arturo Galaviz Yeverino. Dos enfoques pero ambos muy ilustrativos de lo que Galaviz llama “El despojo de la Casa de la Cultura de Nuevo León”. De ellos concluyo que no han cambiado mucho las cosas desde hace años, porque desde el gobierno se sigue intentando controlar a los creadores de arte y cultura. Incluso metiendo incordios en gremios y sus representantes. Así se ha hecho muchas veces. Imponer el criterio del “gerente” de la Casa de la Cultura es una forma de inmovilizar a los creadores. Y los creadores son como los tiburones, si los inmovilizan se asfixian. El arte resultante del control estatal me temo que ya no será arte sino publicidad. De todo esto, lo que más tristeza me da es que se pretenda que sean los representantes de los gremios artísticos y culturales los que avalen el despojo. Esto sólo tiene una palabra para definirse: Traición.

Me gustaría echar una platicada con mi “ex” a ver qué opina del caso. Anticipo que me dirá lo que ya sé, que no es la primera vez ni el único espacio en donde el gobierno y la academia le ponen cilicios a la creación. Mejor ni la busco. Total, ya sé que la política entre los artistas es más despiadada, Humanidades inhumanas; y para novelas de intriga o terror, prefiero las primeras planas de los diarios.