Por Félix Cortés Camarillo

Periódicamente, todos los gobernantes de las ciudades en constante crecimiento procuran engañarse a sí mismos para poder engañar a sus gobernados sobre los dos problemas que constituyen la consecuencia del desarrollo civilizatorio: la concentración urbana y la falta de agua. Ambos fenómenos están íntimamente ligados y salpican a situaciones problemáticas adicionales como la inseguridad, el urbanismo, la contaminación y la salud pública.

            Hace muchos años, cuando él era el regente de la Ciudad de México, el profesor Carlos Hank González, fundador de esa estirpe de empresarios mexicanos, me confió que él personalmente tenía la solución a los problemas de la capital del país. Ante mi incredulidad me explicó que simplemente necesitaba propiciar el descanso de los capitalinos durante la semana que llamamos santa, para luego cerrar herméticamente la ciudad impidiendo el regreso de todos los que habían salido.

            Más o menos por aquellos tiempos, un político nuevoleonés que nunca ha sido evaluado con justicia y de cuyo natalicio se cumplieron cien años el pasado siete de enero, Alfonso Martínez Domínguez, advirtió a quien lo quería escuchar que la ciudad de Monterrey y sus municipios ya entonces conurbados tendría solamente agua suficiente hasta el año 2020. Siempre y cuando su población no superara los cuatro millones de habitantes: ni una sola boca más.

            Nadie le hizo caso a la sugerencia del profesor Hank, hecha a medias en tono de broma: el incremento demográfico en las sociedades avanzadas y gobernadas por seres humanos cuerdos se puede moderar, regular e incluso restringir por instrumentos fiscales y económicos de otro tipo. La macrocefalia de nuestras ciudades no ha sido tocada ni con el pétalo de un decreto.

 El año 2020 se ha cumplido y la concentración urbana en torno a Monterrey supera los cinco millones de personas. Nadie le hizo caso de la advertencia de don Alfonso y si acaso Jorge Treviño acudió como gobernador con un parche de alivio. Las presas de cuya capacidad de almacenaje depende hoy en día la zona capitalina de Nuevo León están de espanto. La Cerro Prieto no llega al diez por ciento de su capacidad; La Boca no llega a la quinta parte de su vaso y El Cuchillo aspira a llegar a la mitad.

Ni el más optimista de los meteorólogos pueden prometer que la temporada de lluvias de este año venga a nuestro auxilio, y aunque los políticos grandotes no quieran reconocerlo, el sobrecalentamiento del planeta, producto de la civilización y la contaminación ambiental está detrás de este problema que peligrosamente llegará, antes de cincuenta años, a la catástrofe mundial.

No hay solución: hay urgencias.

Es urgente reducir nuestro consumo insensato; es imperativo reciclar las aguas negras, industriales o domésticos. Es necesaria una cultura del agua.

Los otros parches que publicitariamente mencionan los políticos chiquitos no solamente no sirven para nada: por su costo y calendario están fuera de nuestro alcance. Los texanos, que como estado grandote de Norteamérica quieren pensar en grande, proponen la desalinización del agua de mar. La más eficiente de las tecnologías es demasiado cara e insuficiente para ser tomada en serio. Traer el agua del Pánuco -más bien de dos de sus afluentes- tampoco es solución permanente: tardará en aliviar, un poquito, la sed y será muy caro. Debemos acostumbrarnos a la idea de que esto se va a acabar.

Quiero decir la vida, como la conocemos.

PREGUNTA PARA LA MAÑANERA (porque no me dejan entrar sin tapabocas): con todo respeto, señor presidente, le regalo un pronóstico. La faramalla del sufragio para ratificar su mandato no llevará al cuarenta por ciento del padrón electoral a las urnas. La mayoría de los que vayan votarán en favor de que usted siga en el poder. Nos costó una lana su caprichito, pero lo tendrá. Ya deje el tema en paz.

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